| 1 |
Acostóse
a su vez el divinal Odiseo en el vestíbulo de la casa: tendió
la piel cruda de buey, echó encima otras muchas pieles de
ovejas sacrificadas por los aqueos, y, tan pronto como se tendió,
cobijóle Eurínome con un manto. Mientras Odiseo estaba
echado en vela, y discurría males contra los pretendientes,
salieron del palacio, riendo y bromeando unas con otras, las mujeres
que con ellos solían juntarse. El héroe sintió
conmovérsele el ánimo en el pecho, y revolvió
muchas cosas en su mente y en su corazón, pues se hallaba
indeciso entre arremeter a las criadas y matarlas o dejar que por
la última y postrera vez se uniesen con los orgullosos pretendientes;
y en tanto el corazón desde dentro le ladraba. Como la perra
que anda alrededor de sus tiernos cachorrillos ladra y desea acometer
cuando ve a un hombre a quien no conoce, así, al presenciar
con indignación aquellas malas acciones, ladraba interiormente
el corazón de Odiseo. Y éste, dándose de golpes
en el pecho, reprendiólo con semejantes palabras:
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| 18 |
¡Aguanta
corazón, que algo más vergonzoso hubiste de soportar
aquel día en que el Ciclope de fuerza indómita, me
devoraba los esforzados compañeros; y tú lo toleraste,
hasta que mi astucia nos sacó del antro donde nos dábamos
por muertos!
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| 22 |
Así
dijo, increpando en su pecho al corazón sufrido y obediente;
más Odiseo revolvíase ya a un lado ya al opuesto.
Así como, cuando un hombre asa a un grande y encendido fuego
un vientre repleto de gordura y de sangre, le da vueltas acá
y acullá con el propósito de acabar pronto; así
se revolvía Odiseo a una y otra parte, mientras pensaba de
qué manera conseguiría poner las manos en los desvergonzados
pretendientes, hallándose solo contra tantos. Pero acercósele
Atenea, que había descendido del cielo; y, transfigurándose
en mujer, se detuvo sobre su cabeza y le habló diciendo:
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| 33 |
¿Por
qué velas todavía, oh desdichado sobre todos los varones?
Esta es tu casa y tienes dentro a tu mujer y a tu hijo, que es tal
como todos desearan que fuese el suyo.
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| 36 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
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| 37 |
Sí,
muy oportuno es, oh diosa, cuanto acabas de decir; pero mi ánimo
me hace pensar cómo lograré poner las manos en los
desvergonzados pretendientes, hallándome solo, mientras que
ellos están siempre reunidos en el palacio. Considero también
otra cosa aún más importante: si logro matarlos, por
la voluntad de Zeus y la tuya, ¿adónde me podré
refugiar? Yo te invito a que me lo declares.
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| 44 |
Díjole
entonces Atenea, la deidad de ojos de lechuza:
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| 45 |
¡Desdichado!
Se tiene confianza en un compañero peor, que es mortal y
no sabe dar tantos consejos, y yo soy una diosa que te guarda en
todos tus trabajos. Te hablaré más claramente. Aunque
nos rodearan cincuenta compañías de hombres de voz
articulada, ansiosos de acabar con nosotros por medio de Ares, te
sería posible llevarte sus bueyes y pingües ovejas.
Pero ríndete al sueño, que es gran molestia pasar
la noche sin dormir y vigilando; y ya en breve saldrás de
estos males.
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| 54 |
Así
le habló; y, apenas hubo infundido el sueño en los
párpados de Odiseo, la divina entre las diosas volvió
al Olimpo.
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| 56 |
Cuando
al héroe le vencía el sueño, que deja el ánimo
libre de inquietudes y relaja los miembros, despertaba su honesta
esposa, la cual rompió en llanto, sentándose en la
mullida cama. Y así que su ánimo se cansó de
sollozar, la divina entre las mujeres elevó a Artemis la
siguiente súplica.
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| 61 |
¡Artemis,
venerable diosa hija de Zeus! ¡Ojalá que, tirándome
una saeta al pecho, ahora mismo me quitaras la vida; o que una tempestad
me arrebatara, conduciéndome hacia las sombrías sendas,
y me dejara caer en los confines del refluente Océano! Como
las borrascas se llevaron las hijas de Pandáreo, pues los
númenes les mataron los padres y ellas se quedaron huérfanas
en el palacio y entonces criólas la diosa Afrodita con queso,
dulce miel y suave vino; dotólas Hera de hermosura y prudencia
sobre las mujeres; dióles la casta Artemis buena estatura,
y adiestrólas Atenea en labores eximias pero, mientras la
diosa Afrodita se encaminaba al vasto Olimpo a pedirle a Zeus, que
se huelga con el rayo, florecientes nupcias para las doncellas (pues
aquel dios lo sabe todo y conoce el destino favorable o adverso
de los mortales), arrebatáronlas las Harpías y se
las dieron a las odiosas Erinies como esclavas: de igual suerte
háganme desaparecer a mí los que viven en olímpicos
palacios o mátame Artemis, la de lindas trenzas, para que
yo penetre en la odiosa tierra teniendo ante mis ojos a Odiseo,
y no haya de alegrar el ánimo de ningún hombre inferior.
Cualquier mal es sufridero, aunque pasemos el día llorando
y con el corazón muy triste, si por la noche viene el sueño,
que nos trae el olvido de todas las cosas, buenas y malas, al cerrarnos
los ojos. Pero a mí me envía algún dios funestas
pesadillas. Esta misma noche acostóse a mi lado un fantasma
muy semejante a él, tal como era Odiseo cuando partió
con el ejército: y mi corazón se alegraba, figurándose
que no era sueño, sino veras.
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| 91 |
Así
dijo; y al punto llegó Eos de áureo trono. Odiseo
oyó las voces que Penelopea daba en su llanto, meditó
luego y le pareció como si la tuviese junto a su cabeza por
haberle reconocido. Al punto recogió el manto y las pieles
en que estaba echado y lo puso todo en una silla del palacio, sacó
fuera la piel de buey y, alzando las manos, dirigió a Zeus
esta súplica:
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| 98 |
¡Padre
Zeus! Si vosotros los dioses me habéis traído de buen
grado, por tierra y por mar, a mi patrio suelo, después de
enviarme multitud de infortunios, haz que diga algún presagio
cualquiera de los que en el interior despiertan y muéstrese
en el exterior otro prodigio tuyo.
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| 102 |
Así
dijo rogando. Oyóle el próvido Zeus y en el acto mandó
un trueno desde el resplandeciente Olimpo, desde lo alto de las
nubes, que le causó a Odiseo profunda alegría.
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| 105 |
El
presagio dióselo en la casa una mujer que molía el
grano cerca de él, donde estaban las muelas del pastor de
hombres. Doce eran las que allí trabajaban solícitamente,
fabricando harinas de cebada y de trigo, que son alimento de los
hombres; pero todas descansaban ya, por haber molido su parte correspondiente
de trigo, a excepción de una que aún no había
terminado porque era muy débil. Esta, pues, paró la
muela y dijo las siguientes palabras, que fueron una señal
para su amo:
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| 112 |
¡Padre
Zeus que imperas sobre los dioses y sobre los hombres! Has enviado
un fuerte trueno desde el cielo estrellado y no hay nube alguna;
indudablemente es una señal que haces a alguien. Cúmplame
ahora también a mi, a esta mísera, lo que te voy a
pedir: tomen hoy los pretendientes por última y postrera
vez la agradable comida en el palacio de Odiseo; y, ya que hicieron
flaquear mis rodillas con el penoso trabajo de fabricarles harina,
sea también esta la última vez que cenen.
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| 120 |
Así
se expresó; y holgóse el divinal Odiseo con el presagio
y el trueno enviado por Zeus, pues creyó que podía
castigar a los culpables.
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| 122 |
Las
demás esclavas, juntándose en la bella mansión
de 0diseo, encendían en el hogar el fuego infatigable. Telémaco,
varón igual a un dios, se levantó de la cama, vistióse,
colgó del hombro la aguda espada ató a sus nítidos
pies hermosas sandalias y asió la fuerte lanza de broncínea
punta.
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| 128 |
Salió
luego y, parándose en el umbral, dijo a Euriclea:
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| 129 |
¡Ama
querida! ¿Honrasteis al huésped dentro de la casa,
dándole lecho y cena, o yace por ahí sin que nadie
le cuide? Pues mi madre es tal, aunque discreción no le falta,
que suele honrar inconsideradamente al peor de los hombres de voz
articulada y despedir sin honra alguna al que más vale.
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| 134 |
Respondióle
la prudente Euriclea:
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| 135 |
No
la acuses ahora hijo mío, que no es culpable. El huésped
estuvo sentado y bebiendo vino hasta que le plugo; y en cuanto a
comer, manifestó que ya no tenía más gana,
y fue ella misma quien le hizo la pregunta. Tan luego como decidió
acostarse para dormir, ordenó tu madre a las esclavas que
le aderezasen la cama pero, como es tan mísero y desventurado,
no quiso descansar en lecho ni entre colchas y se tendió
en el vestíbulo sobre una piel cruda de buey y otras de ovejas.
Y nosotros le cubrimos con un manto.
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| 144 |
Así
le dijo. Telémaco salió del palacio con su lanza en
la mano y dos perros de ágiles pies que le seguían;
y fuese al ágora a juntarse con los aqueos de hermosas grebas.
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| 147 |
Entonces
la divina entre las mujeres, Euriclea, hija de Ops Pisenórida,
comenzó a mandar de este modo a las esclavas:
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| 149 |
Ea,
algunas de vosotras barran el palacio diligentemente riéguenlo
y pongan tapetes purpúreos en las labradas sillas; pasen
otras la esponja por las mesas y limpien las crateras y las copas
de doble asa, artísticamente fabricadas; y vayan las demás
por agua a la fuente y tráiganla presto. Pues los pretendientes
no han de tardar en venir al palacio; antes acudirán muy
de mañana, que hoy es día de fiesta para todos.
|
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| 157 |
Así
les habló; y ellas en seguida la escucharon y obedecieron.
Veinte esclavas se encaminaron a la fuente de aguas profundas y
las otras se pusieron a trabajar hábilmente allí mismo,
dentro de la casa.
|
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| 160 |
Presentáronse
poco después los bravos sirvientes y cortaron leña
con gran pericia; volvieron de la fuente las esclavas; e inmediatamente
llegó el porquerizo, con tres cerdos, los mejores de cuantos
tenía a su cuidado. Eumeo dejó que pacieran en el
hermoso cercado y hablóle a Odiseo con dulces palabras:
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| 166 |
¡Forastero!
¿Te ven los aqueos con mejores ojos, o siguen ultrajándote
en el palacio como anteriormente?
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| 168 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
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| 169 |
¡Ojalá
castiguen los dioses, oh Eumeo, los ultrajes que con tal descaro
infieren, maquinando inicuas acciones en la casa de otro, sin tener
ni pizca de vergüenza!
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| 172 |
De
tal suerte conversaban. Acercóseles el cabrero Melantio,
que traía las mejores cabras de sus rebaños para la
comida de los pretendientes, y le acompañaban dos pastores
y, atándolas debajo del sonoro pórtico, le dijo a
Odiseo estas mordaces palabras:
|
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| 178 |
¡Forastero!
¿Nos importunarás todavía en esta casa, con
pedir limosna a los varones? ¿Por ventura no saldrás
de aquí? Ya me figuro que no nos separaremos hasta haber
probado la fuerza de nuestros brazos; porque tú no mendigas
como se debe, que hay otros convites de los aqueos.
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| 183 |
Así
se expresó. El ingenioso Odiseo no le dio respuesta pero
meneó la cabeza silenciosamente, agitando en lo íntimo
de su alma siniestros ardides.
|
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| 185 |
Fue
el tercero en llegar Filetio, mayoral de los pastores que traía
una vaca no paridera y pingües cabras. Los barqueros, que conducen
a cuantos hombres se les presentan, los habían transportado.
Y, atando aquél las reses debajo del sonoro pórtico
paróse junto al porquerizo y le interrogó de esta
manera:
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| 191 |
¡Porquerizo!
¿Quién es ese forastero recién llegado a nuestra
casa? ¿A qué hombres se gloria de pertenecer? ¿Dónde
se hallan su familia y su patria tierra? ¡Infeliz! Parece,
por su cuerpo, un rey soberano; mas los dioses anegan en males a
los hombres que han vagado mucho cuando hasta a los reyes les destinan
infortunios.
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| 197 |
Dijo;
y, parándose junto a Odiseo, le saludó con la diestra
y le habló con estas aladas palabras:
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| 199 |
¡Salve,
padre huésped! Sé dichoso en lo sucesivo, ya que ahora
te abruman tantos males. ¡Oh, padre Zeus! No hay dios más
funesto que tú; pues, sin compadecerte de los hombres, a
pesar de haberlos criado, los entregas al infortunio y a los tristes
dolores. Desde que te vi, empecé a sudar y se me arrasaron
los ojos de lágrimas, acordándome de Odiseo, porque
me figuro que aquél vaga entre los hombres, cubierto con
unos andrajos semejantes, si aún vive y goza de la lumbre
del sol. Y si ha muerto y está en la morada de Hades, ¡ay
de mi, a quien, desde niño, puso el intachable Odiseo al
frente de sus vacadas en el país de los cefalenos! Hoy las
vacas son innumerables y a ningún hombre podría crecerle
más el ganado vacuno de ancha frente, pero unos extraños
me ordenan que les traiga vacas para comérselas, y no se
cuidan del hijo de la casa, ni temen la venganza de las deidades,
pues ya desean repartirse las posesiones del rey cuya ausencia se
hace tan larga. Muy a menudo mi ánimo revuelve en el pecho
estas ideas: muy malo es que en vida del hijo me vaya a otro pueblo,
emigrando con las vacas hacia los hombres de un país extraño;
pero se me hace más duro quedarme, guardando las vacas para
otros y sufriendo pesares. Y mucho ha que me habría ido a
refugiarme cerca de alguno de los prepotentes reyes, porque lo de
acá ya no es tolerable; pero aguardo aún a aquel infeliz,
por si, viniendo de algún sitio, dispersa a los pretendientes
que están en el palacio.
|
|
| 226 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
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|
| 227 |
¡Boyero!
Como no me pareces ni vil ni insensato, y conozco que la prudencia
rige tu espíritu, voy a decirte una cosa que afirmaré
con solemne juramente: "Sean testigos primeramente Zeus entre
los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del intachable
Odiseo a que he llegado, de que Odiseo vendrá a su casa estando
tú en ella; y podrás ver con tus ojos, si quieres,
la matanza de los pretendientes que hoy señorean en el palacio."
|
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| 235 |
Díjole
entonces el boyero:
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| 236 |
¡Forastero!
Ojalá el Cronión llevara a cumplimiento cuanto dices,
que no tardarías en conocer cual es mi fuerza y de qué
brazos dispongo.
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| 238 |
Eumeo
suplicó asimismo a todos los dioses que el prudente Odiseo
volviera a su casa.
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240 |
Así
éstos conversaban. Los pretendientes maquinaban contra Telémaco
la muerte y el destino, cuando de súbito apareció
una ave a su izquierda, un águila altanera, con una tímida
paloma entre las garras. Y Anfínomo les arengó diciendo:
|
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|
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| 245 |
¡Oh,
amigos! Esta trama -la muerte de Telémaco- no tendrá
buen éxito para nosotros; pero pensemos ya en la comida.
|
|
| 247 |
Así
se expresó Anfínomo, y a todos les plugo lo que dijo.
Volviendo, pues, al palacio del divinal Odiseo, dejaron sus mantos
en sillas y sillones; sacrificaron ovejas muy crecidas, pingües
cabras, puercos gordos y una gregal vaca; pusieron al fuego y distribuyeron
más tarde las asaduras, mezclaron el vino en las crateras;
y el porquerizo les sirvió las copas. Filetio, mayoral de
los pastores, repartióles el pan en hermosos canastillos;
y Melantio les escanciaba el vino. Y todos metieron mano en las
viandas que tenían delante.
|
|
| |
|
|
| 257 |
Telémaco,
con astuta intención, hizo sentar a Odiseo dentro de la sólida
casa, junto al umbral de piedra, donde le había colocado
una pobre silla y una mesa pequeña; sirvióle parte
de las asaduras, escancióle vino en una copa de oro y le
habló de esta manera:
|
|
| 262 |
Siéntate
aquí, entre estos varones, y bebe vino. Yo te libraré
de las injurias y de las manos de todos los pretendientes; pues
esta casa no es pública, sino de Odiseo, que la adquirió
para mí. Y vosotros, oh pretendientes, reprimid el ánimo
y absteneos de las amenazas y de los golpes, para que no se arme
disputa ni altercado alguno.
|
|
| 268 |
Así
se expresó, y todos se mordieron los labios, admirándose
de que Telémaco les hablase con tanta audacia.
|
|
| 270 |
Entonces
Antínoo, hijo de Eupites, dijo de esta suerte:
|
|
| 271 |
¡Aqueos!
Cumplamos, aunque es dura, la orden de Telémaco, que con
tono tan amenazador acaba de hablarnos. No lo ha querido Zeus Cronión;
pues, de otra suerte, ya le habríamos hecho callar en el
palacio, aunque sea arengador sonoro.
|
|
| 275 |
Así
habló Antínoo; pero Telémaco no hizo caso de
sus palabras. En esto, ya los heraldos conducían por la ciudad
la sacra hecatombe de las deidades; y los melenudos aqueos se juntaban
en el bosque consagrado a Apolo, el que hiere de lejos.
|
|
| 279 |
No
bien los pretendientes hubieron asado los cuartos delanteros, retiráronlos
de la lumbre dividiéndolos en partes, y celebraron un gran
banquete. A Odiseo sirviéronle los que en esto se ocupaban,
una parte tan cumplida como la que a ellos mismos les cupo en suerte;
pues así lo ordenó Telémaco, el hijo amado
del divino Odiseo.
|
|
| 284 |
Tampoco
dejó entonces Atenea que los ilustres pretendientes se abstuvieran
totalmente de la dolorosa injuria, a fin de que el pesar atormentara
aun más el corazón de Odiseo Laertíada. Hallábase
entre ellos un hombre de ánimo perverso, llamado Ctesipo,
que tenía su morada en Same, y, confiando en sus posesiones
inmensas, solicitaba a la esposa de Odiseo ausente a la sazón
desde largo tiempo.
|
|
| 291 |
Este
tal dijo a los ensoberbecidos pretendientes:
|
|
| 292 |
¡Oíd,
ilustres pretendientes, lo que os voy a decir! Rato ha que el forastero
tiene su parte igual a la nuestra, como es debido: que no fuera
decoroso ni justo privar del festín a Ios huéspedes
de Telémaco, sean cuales fueren los que vengan a este palacio.
Mas, ea, también yo voy a ofrecerle el don de la hospitalidad,
para que él a su vez haga un presente al bañero o
a algún otro de los esclavos que viven en la casa del divinal
Odiseo.
|
|
| 299 |
Habiendo
hablado así, tiróle con fuerte mano una pata de buey,
que tomó de un canastillo: Odiseo evitó el golpe,
inclinando ligeramente la cabeza, y en seguida se sonrió
con risa sardónica: y la pata fue a dar en el bien construido
muro.
|
|
| 303 |
Acto
continuo reprendió Telémaco a Ctesipo con estas palabras:
|
|
| 304 |
¡Ctesipo!
Mucho mejor ha sido para ti no acertar al forastero, porque éste
evitó el golpe; que yo te traspasara con mi aguda lanza y
tu padre te hiciera acá los funerales en vez de celebrar
tu casamiento. Por tanto, nadie se porte insolentemente dentro de
la casa, que ya conozco y entiendo muchas cosas, buenas y malas,
aunque antes fuese niño. Y si toleramos lo que vemos -que
sean degolladas las ovejas, y se beba el vino y se consuma el pan-,
es por la dificultad de que uno solo refrene a muchos. Mas, ea,
no me causéis más daño, siéndome malévolos:
y si deseáis matarme con el bronce, yo quisiera que lo lleváseis
a cumplimiento, pues más valdría morir que ver de
continuo esas inicuas acciones: maltratados los huéspedes
y forzadas indignamente las siervas en las hermosas estancias.
|
|
| 320 |
Así
habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Mas al
fin les dijo Agelao Damastórida:
|
|
| 322 |
¡Oh,
amigos! Nadie se irrite, oponiendo contrarias razones al dicho justo
de Telémaco; y no maltratéis al huésped, ni
a ningún esclavo de los que moran en la casa del divinal
Odiseo. A Telémaco y a su madre les diría yo unas
suaves palabras, si fuere grato al corazón de entrambos.
Mientras en vuestro pecho esperaba el ánimo que el prudente
Odiseo volviese, no podíamos indignarnos por la demora, ni
porque se entretuviera en la casa a los pretendientes; y aun habría
sido lo mejor, si Odiseo viniera y tornara a su palacio. Pero ahora
ya es evidente que no volverá.
|
|
| 334 |
Mas,
ea, siéntate al lado de tu madre y dile que tome por esposo
al varón más eximio y que más donaciones le
haga para que tu sigas en posesión de los bienes de tu padre,
comiendo y bebiendo de los mismos, y ella cuide la casa de otro.
|
|
| 338 |
Respondióle
el prudente Telémaco:
|
|
| 339 |
No,
¡por Zeus y por los trabajos de mi padre, que ha fallecido
o va errante lejos de Itaca!, no difiero, oh Agelao las nupcias
de mi madre; antes la exhorto a casarse con aquel que, siéndole
grato, le haga muchísimos presentes, pero me daría
vergüenza, arrojarla del palacio contra su voluntad y con duras
palabras. ¡No permitan los dioses que así suceda!
|
|
| 345 |
Así
dijo Telémaco. Palas Atenea movió a los pretendientes
a una risa inextinguible y les perturbó la razón.
Reían con risa forzada, devoraban sanguinolentas carnes,
se les llenaron de lágrimas los ojos y su ánimo presagiaba
el llanto.
|
|
| 350 |
Entonces
Teoclímeno, semejante a un dios les habló de esta
manera:
|
|
| 351 |
¡Ah,
míseros! ¿Qué mal es ese que padecéis?
Noche obscura os envuelve la cabeza, y el rostro, y abajo las rodillas;
crecen los gemidos, báñanse en lágrimas las
mejillas; y así los muros con los hermosos intercolumnios
están rociados de sangre. Llenan el vestíbulo y el
patio las sombras de los que descienden al tenebroso Erebo; el sol
desapareció del cielo y una horrible obscuridad se extiende
por doquier.
|
|
| 358 |
Así
se expresó, y todos rieron dulcemente. Entonces Eurímaco,
hijo de Pólibo, comenzó a decirles:
|
|
| 360 |
Está
loco ese huésped venido de país extraño. Ea,
jóvenes, llevadle ahora mismo a la puerta y váyase
al ágora, ya que aquí le parece que es de noche.
|
|
| 363 |
Contestóle
Teoclímeno, semejante a un dios:
|
|
| 364 |
¡Eurímaco!
No pido que me acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en
mi pecho la razón, que está sin menoscabo: con su
auxilio me iré afuera, porque veo claro que viene sobre vosotros
la desgracia de la cual no podréis huir ni libraros ninguno
de los pretendientes que en el palacio del divino Odiseo insultáis
a los hombres, maquinando inicuas acciones.
|
|
| 371 |
Cuando
esto hubo dicho, salió del cómodo palacio y se fue
a la casa de Pireo, que lo acogió benévolo. Los pretendientes
se miraban los unos a los otros y zaherían a Telémaco,
riéndose de sus huéspedes. Y entre los jóvenes
soberbios hubo quien habló de esta manera:
|
|
|
|
|
| 376 |
¡Telémaco!
Nadie tiene con los huéspedes más desgracia que tú.
El uno es tal como ese mendigo vagabundo, necesitado de que le den
pan y vino, inhábil para todo, sin fuerzas, carga inútil
de la tierra; y el otro se ha levantado a pronunciar vaticinios.
Si quieres creerme -y sería lo mejor- , echemos a los huéspedes
en una nave de muchos bancos y mandémoslos a Sicilia; y allí
te los comprarán por razonable precio.
|
|
| 384 |
Así
decían los pretendientes, pero Telémaco no hizo ningún
caso de estas palabras; sino que miraba silenciosamente a su padre,
aguardando el momento en que había de poner las manos en
los desvergonzados pretendientes.
|
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| 387 |
La
discreta Penelopea hija de Icario, mandó colocar su magnífico
sillón enfrente de los hombres, y oía cuanto se hablaba
en la sala. Y los pretendientes reían y se preparaban el
almuerzo, que fue dulce y agradable, pues sacrificaron multitud
de reses; pero ninguna cena tan triste como la que pronto iban a
darles la diosa y el esforzado varón, porque habían
sido los primeros en maquinar acciones inicuas. |
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