| 1 |
Llegó
entonces un mendigo que andaba por todo el pueblo; el cual pedía
limosna en la ciudad de Itaca, se señalaba por su vientre
glotón -por comer y beber incesantemente- y hallábase
falto de fuerza y de vigor, aunque tenía gran presencia.
Arneo era su nombre, el que al nacer le puso su veneranda madre;
pero llamábanle Iro todos los jóvenes, porque hacía
los mandados que se le ordenaban. Intentó el tal sujeto,
cuando llegó, echar a Odiseo de su propia casa e insultóle
con estas aladas palabras:
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| 10 |
Retírate
del umbral, oh viejo, para que no hayas de verte muy pronto asido
de un pie y arrastrado afuera. No adviertes que todos me guiñan
el ojo, instigándome a que te arrastre, y no lo hago porque
me da vergüenza? Mas, ea, álzate, si no quieres que
en la disputa lleguemos a las manos".
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| 14 |
Mirándole
con torva faz, le respondió el ingenioso Odiseo:
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| 15 |
¡Infeliz!
Ningún daño te causo, ni de palabra ni de obra; ni
me opongo a que te den, aunque sea mucho. En este umbral hay sitio
para entrambos y no has de envidiar las cosas de otro; me parece
que eres un guitón como yo y son las deidades quienes envían
la opulencia. Pero no me provoques demasiado a venir a las manos,
ni excites mi cólera: no sea que, viejo como soy, te llene
de sangre el pecho y los labios; y así gozaría mañana
de mayor descanso, pues no creo que asegundaras la vuelta a la mansión
de Odiseo Laertíada.
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| 25 |
Contestóle,
muy enojado, el vagabundo Iro:
|
| 26 |
¡Oh,
dioses! ¡Cuán atropelladamente habla el glotón,
que parece la vejezuela del horno! Algunas cosas malas pudiera tramar
contra él: golpeándole con mis brazos, le echaría
todos los dientes de las mandíbulas al suelo como a una marrana
que destruye las mieses. Cíñete ahora, a fin de que
éstos nos juzguen en el combate. Pero ¿cómo
podrás luchar con un hombre más joven?
|
| 32 |
De
tal modo se zaherían ambos con gran enojo en el pulimentado
umbral, delante de las elevadas puertas. Advirtiólo la sacra
potestad de Antínoo y con dulce risa dijo a los pretendientes:
|
| 36 |
¡Amigos!
Jamás hubo una diversión como la que un dios nos ha
traído a esta casa. El forastero e Iro riñen y están
por venirse a las manos; hagamos que peleen cuanto antes.
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| 40 |
Así
se expresó. Todos se levantaron con gran risa y se pusieron
alrededor de los andrajosos mendigos. Y Antínoo, hijo de
Eupites, díjoles de esta suerte:
|
| 43 |
Oíd,
ilustres pretendientes, lo que voy a proponeros. De los vientres
de cabra que llenamos de gordura y de sangre y pusimos a la lumbre
para la cena, escoja el que quiera aquel que salga vencedor por
mas fuerte; y en lo sucesivo comerá con nosotros y no dejaremos
que entre ningún otro mendigo a pedir limosna.
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| 50 |
Así
se expresó Antínoo y a todos les plugo cuanto dijo.
Pero el ingenioso Odiseo, meditando engaños, hablóles
de esta suerte:
|
| 52 |
¡Oh,
amigos! Aunque no es justo que un hombre viejo y abrumado por la
desgracia luche con otro más joven, el maléfico vientre
me instiga a aceptar el combate para sucumbir a los golpes que me
dieren. Ea, pues, prometed todos con firme juramento que ninguno,
para socorrer a Iro, me golpeará con pesada mano, procediendo
inicuamente y empleando la fuerza para someterme a aquél.
|
| 58 |
Así
dijo, y todos juraron, como se lo mandaba. Y tan pronto como hubieron
acabado de prestar el juramento, el esforzado y divinal Telémaco
hablóles con estas palabras:
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| 61 |
¡Huésped!
Si tu corazón y tu ánimo valiente te impulsan a quitar
a ése de en medio, no temas a ningún otro de los aqueos;
pues con muchos tendría que luchar quien te pegare. Yo soy
aquí el que da hospitalidad, y aprueban mis palabras los
reyes Antínoo y Eurímaco, prudentes ambos.
|
| 66 |
Así
le dijo, y todos lo aprobaron. Odiseo se ciñó los
andrajos ocultando las partes verendas, y mostró sus muslos
hermosos y grandes; asimismo dejáronse ver las anchas espaldas,
el pecho y los fuertes brazos; y Atenea, poniéndose a su
lado, acrecentóle los miembros al pastor de hombres. Admiráronse
muchísimo los pretendientes y uno de ellos dijo al que tenía
mas cercano:
|
| 73 |
Pronto
a Iro, al infortunado Iro, le alcanzará el mal que se buscó.
¡Tal muslo ha descubierto el viejo, al quitarse los andrajos!
|
| 75 |
Así
decían; y a Iro se le turbó el ánimo miserablemente.
Mas con todo eso ciñéronle a viva fuerza los criados,
y sacáronlo lleno de temor, pues las carnes le temblaban
en sus miembros. Y Antínoo le reprendió, diciéndole
de esta guisa:
|
| 79 |
Ojalá
no existieras, fanfarrón, ni hubieses nacido, puesto que
tiemblas y temes de tal modo a un viejo abrumado por el infortunio
que le persigue. Lo que voy a decir se cumplirá. Si ése
quedare vencedor por tener más fuerza, te echaré en
una negra embarcación y te mandaré al continente al
rey Equeto, plaga de todos los mortales, que te cortará la
nariz y las orejas con el cruel bronce y te arrancará las
vergüenzas para dárselas crudas a los perros.
|
| 88 |
Así
habló; y a Iro crecióle el temblor que agitaba sus
miembros. Condujéronlo al centro y entrambos contendientes
levantaron los brazos. Entonces pensó el paciente y divinal
Odiseo si le daría tal golpe a Iro que el alma se le fuera
en cayendo a tierra, o le daría con más suavidad,
derribándolo al suelo. Y después de considerarlo bien,
le pareció que lo mejor sería pegarle suavemente,
para no ser reconocido por los aqueos. Alzados los brazos, Iro dio
un golpe a Odiseo en el hombro derecho; y Odiseo tal puñada
a Iro en la cerviz, debajo de la oreja, que le quebrantó
los huesos allá en el interior y le hizo echar roja sangre
por la boca; cayó Iro y, tendido en el polvo, rechinó
los dientes y pateó con los pies la tierra; y en tanto los
ilustres pretendientes levantaban los brazos y se morían
de risa. Pero Odiseo cogió a Iro del pie y arrastrándolo
por el vestíbulo hasta llegar al patio y a las puertas del
pórtico, lo asentó recostándolo contra la cerca,
le puso un bastón en la mano y le dirigió estas aladas
palabras:
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|
| |
| 105 |
Quédate
ahí sentado para ahuyentar a los puercos y a los canes; y
no quieras, siendo tan ruin, ser el señor de los huéspedes
y de los pobres; no sea que te atraigas un daño aún
peor que el de ahora.
|
| 108 |
Dijo,
y colgándose del hombro el astroso zurrón lleno de
agujeros, con su cuerda retorcida, volvióse al umbral y allí
tomó asiento. Y entrando los demás, que se reían
placenteramente, le festejaron con estas palabras:
|
| 112 |
Zeus
y los inmortales dioses te den, oh huésped, lo que más
anheles y a tu ánimo le sea grato, ya que has conseguido
que ese pordiosero insaciable deje de mendigar por el pueblo; pues
en seguida lo llevaremos al continente, al rey Equeto, plaga de
todos los mortales.
|
| 117 |
Así
dijeron; y el divinal Odiseo holgó del presagio. Antínoo
le puso delante un vientre grandísimo, lleno de gordura y
de sangre, y Anfínomo le sirvió dos panes, que sacó
del canastillo, ofrecióle vino en copa de oro, y le habló
de esta manera:
|
| 122 |
¡Salve,
padre huésped! Sé dichoso en lo sucesivo, ya que ahora
te abruman tantos males.
|
| 124 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
|
| 125 |
¡Anfínomo!
Me pareces muy discreto, como hijo de tal padre. Llegó a
mis oídos la buena fama que el duliquiense Niso gozaba de
bravo y de rico; dicen que él te ha engendrado, y en verdad
que tu apariencia es la de un varón afable. Por esto voy
a decirte una cosa, y tú atiende y óyeme. La tierra
no cría animal alguno inferior al hombre, entre cuantos respiran
y se mueven sobre el suelo. No se figura el hombre que haya de padecer
infortunios mientras las deidades le otorgan la felicidad y sus
rodillas se mueven; pero cuando los bienaventurados dioses le mandan
la desgracia, ha de cargar con ella mal de su grado, con ánimo
paciente, pues es tal el pensamiento de los terrestres varones,
que se muda según el día que les trae el padre de
los hombres y de los dioses. También yo, en otro tiempo,
tenía que ser feliz entre los hombres; pero cometí
repetidas maldades, aprovechándome de mi fuerza y de mi poder
y confiando en mi padre y en mis hermanos. Nadie, por consiguiente,
sea injusto en cosa alguna antes bien disfrute sin ruido las dádivas
que los númenes le deparen. Reparo que los pretendientes
maquinan muchas iniquidades consumiendo las posesiones y ultrajando
a la esposa de un varón que te aseguro que no estará
largo tiempo apartado de sus amigos y de su patria, porque ya se
halla muy cerca de nosotros. Ojalá un dios te conduzca a
tu casa y no te encuentres con él cuando torne a la patria
tierra; que no ha de ser incruenta la lucha que entable con los
pretendientes tan luego como vuelva a vivir debajo de la techumbre
de su morada.
|
| 151 |
Así
habló y hecha la libación, bebió el dulce vino
y puso nuevamente la copa en manos del príncipe de hombres.
Este se fue por la casa, con el corazón angustiado y meneando
la cabeza, pues su ánimo le presagiaba desventuras; aunque
no por eso había de librarse de la muerte, pues Atenea lo
detuvo a fin de que cayera vencido por las manos y la robusta lanza
de Telémaco. Mas entonces volvióse a la silla que
antes había ocupado.
|
| 158 |
Entre
tanto Atenea, la deidad de ojos de lechuza, puso en el corazón
de la discreta Penelopea, hija de Icario, el deseo de mostrarse
a los pretendientes para que se les alegrará grandemente
el ánimo y fuese ella más honrada que nunca por su
esposo y por su hijo. Rióse Penelopea sin motivo y profirió
estas palabras:
|
|
164 |
¡Eurínome!
Mi ánimo desea lo que antes no apetecía: que me muestre
a los pretendientes, aunque a todos los detesto. Quisiera hacerle
a mi hijo una advertencia, que le será provechosa: que no
trate de continuo a estos soberbios que dicen buenas palabras y
maquinan acciones inicuas.
|
| 169 |
Respondióle
Eurínome, la despensera:
|
| 170 |
Si,
hija, es muy oportuno cuanto acabas de decir. Ve, hazle a tu hijo
esa advertencia y nada le ocultes, pero antes lava tu cuerpo y unge
tus mejillas: no te presentes con el rostro afeado por las lágrimas
que es malísima cosa afligirse siempre y sin descanso, ahora
que tu hijo ya tiene la edad que anhelabas cuando pedías
a las deidades que pudieses verle barbilucio.
|
| 177 |
Respondióle
la discreta Penelopea:
|
| 178 |
¡Eurínome!
Aunque andes solícita de mi bien, no me aconsejes tales cosas
-que lave mi cuerpo y me unja con aceite-, pues destruyeron mi beleza
los dioses que habitan el Olimpo cuando aquél se fue en las
cóncavas naves. Pero manda que Autónoe e Hipodamia
vengan y me acompañarán por el palacio; que sola no
iría adonde están los hombres, porque me da vergüenza.
|
| 185 |
Así
habló; y la vieja se fue por el palacio a decirlo a las mujeres
y mandarles que se presentaran.
|
| 187 |
Entonces
Atenea, la deidad de ojos de lechuza, ordenó otra cosa. Infundióle
dulce sueño a la hija de Icario, que se quedó recostada
en el lecho y todas las articulaciones se le relajaron; acto continuo
la divina entre las diosas la favoreció con inmortales dones,
para que la admiraran los aqueos; primeramente le lavó la
bella faz con ambrosía, que aumenta la hermosura, del mismo
modo que se unge Citerea, la de linda corona, cuando va al amable
coro de las Cárites; y luego hizo que pareciese más
alta y más gruesa, y que su blancura aventajara la del marfil
recientemente labrado.
|
| 197 |
Después
de lo cual, partió la divina entre las diosas.
|
| 198 |
Llegaron
del interior de la casa hablando, las doncellas de níveos
brazos, y el dulce sueño dejó a Penelopea, que se
enjugó las mejillas con las manos y habló de esta
manera:
|
| 201 |
Blando
sopor se apoderó de mi, que estoy tan apenada. Ojalá
que ahora mismo me diera la casta Artemis una muerte tan dulce,
para que no tuviese que consumir mi vida lamentándome en
mi corazón y echando de menos las cualidades de toda especie
que adornaban a mi esposo, el más señalado de todos
los aqueos.
|
| 206 |
Diciendo
así, bajó del magnífico aposento superior,
no yendo sola, sino acompañada de dos esclavas. Cuando la
divina entre las mujeres hubo llegado adonde estaban los pretendientes,
paróse ante la columna que sostenía el techo sólidamente
construido con las mejillas cubiertas por espléndido velo
y una honrada doncella a cada lado. Los pretendientes sintieron
flaquear sus rodillas, fascinada su alma por el amor, y todos deseaban
acostarse con Penelopea en su mismo lecho.
|
| 214 |
Mas
ella habló de esta suerte a Telémaco, su hijo amado:
|
| 215 |
¡Telémaco!
Ya no tienes ni firmeza de voluntad ni juicio. Cuando estabas en
la niñez, revolvías en tu inteligencia pensamientos
más sensatos; pero ahora que eres mayor por haber llegado
a la flor de la juventud, y que un extranjero, al contemplar tu
estatura y tu belleza, consideraría dichoso al varón
de quien eres prole, no muestras ni recta voluntad ni tampoco juicio.
¡Qué acción no se ha ejecutado en esta sala,
donde permitiste que se maltratara a un huésped de semejante
modo! ¿Qué sucederá si el huésped que
se halla en nuestra morada es blanco de una vejación tan
penosa? La vergüenza y el oprobio caerán sobre ti, a
la faz de todos los hombres.
|
| 226 |
Respondióle
el prudente Telémaco:
|
| 227 |
¡Madre
mía! No me causa indignación que estés irritada,
mas ya en mi ánimo conozco y entiendo muchas cosas buenas
y malas, pues hasta ahora he sido un niño. Esto no obstante,
me es imposible resolverlo todo prudentemente, porque me turban
los que se sientan en torno mío, pensando cosas inicuas,
y no tengo quien me auxilie. El combate del huésped con Iro
no se efectuó, por haberlo acordado los pretendientes y fue
aquél quien tuvo más fuerza. Ojalá ¡oh
padre Zeus, Atenea, Apolo!, que los pretendientes ya hubieran sido
vencidos en este palacio y se hallaran, unos en el patio y otros
dentro de la sala, con la cabeza caída y los miembros relajados,
del mismo modo que Iro, sentado a la puerta del patio, mueve la
cabeza como un ebrio y no logra ponerse en pie ni volver a su morada
por donde solía ir, porque tiene los miembros relajados.
|
| 243 |
Así
éstos conversaban. Y Eurímaco habló con estas
palabras a Penelopea:
|
| 245 |
¡Hija
de Icario! ¡Discreta Penelopea ! Si todos los
aqueos
te viesen en Argos de Yaso, muchos más serían los
pretendientes que desde el amanecer celebrasen banquetes en tu palacio,
porque sobresales entre las mujeres por su belleza, por tu talle
y por tu buen juicio.
|
| 250 |
Contestóle
la discreta Penelopea:
|
| 251 |
¡Eurímaco!
Mis atractivos -la hermosura y la gracia de mi cuerpo- destruyéronlos
los inmortales cuando los argivos partieron para Ilión, y
se fue con ellos mi esposo Odiseo. Si éste, volviendo, cuidara
de mi vida, mayor y más bella sería mi gloria. Ahora
estoy angustiada por tantos males como me envió algún
dios. Por cierto que Odiseo, al dejar la tierra patria, me tomó
por la diestra y me habló de esta guisa:
|
| 259 |
"¡Oh
mujer! No creo que todos los aqueos de hermosas grebas tornen de
Troya sanos y salvos pues dicen que los teucros son belicosos, sumamente
hábiles en tirar dardos y flechas, y peritos en montar carros
de veloces corceles, que suelen decidir muy pronto la suerte de
un empeñado y dudoso combate. No sé, por tanto, si
algún dios me dejará volver o sucumbir en Troya. Todo
lo de aquí quedará a tu cuidado; acuérdate,
mientras estés en el palacio, de mi padre y de mi madre,
como lo haces ahora o más aún durante mi ausencia;
y así que notes que a nuestro hijo le asoma la barba, cásate
con quien quieras y desampara esta morada." Así habló
aquél y todo se va cumpliendo. Vendrá la noche en
que ha de celebrarse el casamiento tan odioso para mí, ¡oh
infeliz!, a quien Zeus ha privado de toda ventura. Pero un pesar
terrible me llega al corazón y al alma, porque antes de ahora
no se portaban de tal modo los pretendientes. Los que pretenden
a una mujer ilustre, hija de un hombre opulento, y compiten entre
sí por alcanzarla, traen bueyes y pingües ovejas para
dar convite a los amigos de la novia, hácenle espléndidos
regalos y no devoran impunemente los bienes ajenos.
|
| 281 |
Así
dijo, y el paciente divinal Odiseo se holgó de que les sacase
regalos y les lisonjeara el ánimo con dulces palabras, cuando
era tan diferente lo que en su inteligencia revolvía.
|
| 284 |
Respondióle
Antínoo, hijo de Eupites:
|
| 285 |
¡Hija
de Icario! ¡Prudente Penelopea! Admite los regalos que cualquiera
de los aqueos te trajere, porque no está bien que se rehuse
una dádiva; pero nosotros ni volveremos a nuestros campos,
ni nos iremos a parte alguna, hasta que te cases con quien sea el
mejor de los aqueos.
|
| 290 |
Así
se expresó Antínoo; a todos les plugo cuanto dijo,
y cada uno envió su propio heraldo para que le trajese los
presentes. El de Antínoo le trajo un pleplo grande, hermosísimo,
bordado, que tenía doce hebillas de oro sujetas por sendos
anillos muy bien retorcidos. El de Eurímaco le presentó
luego un collar magníficamente labrado, de oro engastado
en electro, que parecía un sol. Dos servidores le trajeron
a Euridamante unos pendientes de tres piedras preciosas grandes
como ojos, espléndidas, de gracioso brillo. Un siervo trajo
de la casa del príncipe Pisandro Polictórida un collar,
que era un adorno bellísimo, y otros aqueos mandaron a su
vez otros regalos. Y la divina entre las mujeres volvió luego
a la estancia superior con las esclavas, que se llevaron los magníficos
presentes.
|
| 304 |
Los
pretendientes volvieron a solazarse con la danza y el deleitoso
canto, aguardando que llegase la noche. Sobrevino la obscura noche
cuando aún se divertían, y entonces colocaron en la
sala tres tederos para que alumbrasen, amontonaron a su alrededor
leña seca cortada desde mucho tiempo, muy dura, y partida
recientemente con el bronce, mezclaron teas con la misma, y las
esclavas de Odiseo, de ánimo paciente, cuidaban por turno
de mantener el fuego. A ellas el ingenioso Odiseo, del linaje de
Zeus, les dijo de esta suerte:
|
|
| 313 |
¡Mozas
de Odiseo, del rey que se halla ausente desde largo tiempo! Idos
a la habitación de la venerable reina y dad vueltas a los
husos y alegradla, sentadas en su estancia, o cardad lana con vuestras
manos, que yo cuidaré de alumbrarles a todos los que están
aquí. Pues aunque deseen esperar a Eos de hermoso trono,
no me cansarán, que estoy habituado a sufrir mucho.
|
| 320 |
Así
dijo; ellas se rieron, mirándose las unas a las otras, e
increpóle groseramente Melanto, la de bellas mejillas, a
la cual engendró Dolio y crió y educó Penelopea
como a hija suya, dándole cuanto le pudiese recrear el ánimo;
mas con todo eso, no compartía los pesares de Penelopea y
se juntaba con Eurímaco, de quien era amante.
|
| 326 |
Esta,
pues, zahirió a Odiseo con injuriosas palabras:
|
| 327 |
¡Miserable
forastero! Estás falto de juicio y en vez de irte a dormir
a una herrería o a la Lesque, hablas aquí largamente
y con audacia ante tantos varones sin que el ánimo se te
turbe: o el vino te trastornó el seso, o tienes este genio,
y tal es la causa de que digas necedades. ¿Acaso te desvanece
la victoria que conseguiste contra el vagabundo Iro? Mira no se
levante de súbito alguno más valiente que Iro, que
te golpee la cabeza con su mano robusta y te arroje de la casa,
llenándote de sangre.
|
| 337 |
Mirándola
con torva faz, exclamó el ingenioso Odiseo:
|
| 338 |
Voy
ahora mismo a contarle a Telémaco lo que dices, ¡perra!,
para que aquí mismo te despedace.
|
| 340 |
Diciendo
así espantó con sus palabras a las mujeres. Fuéronse
éstas por la casa, y las piernas les flaqueaban del gran
temor, pues figurábanse que había hablado seriamente.
Y Odiseo se quedó junto a los encendidos tederos, cuidando
de mantener la lumbre y dirigiendo la vista a los que allí
estaban, mientras en su pecho revolvía otros pensamientos
que no dejaron de llevarse al cabo.
|
| 346 |
Pero
tampoco permitió Atenea aquella vez que los ilustres pretendientes
se abstuvieran del todo de la dolorosa injuria, a fin de que el
pesar atormentara aún más el corazón de Odiseo
Laertíada. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó
a hablar para hacer mofa de Odiseo, causándoles risa a sus
compañeros:
|
| 351 |
¡Oídme,
pretendientes de la ilustre reina, para que os manifieste lo que
en el pecho el ánimo me ordena deciros! No sin la voluntad
de los dioses vino ese hombre a la casa de Odiseo. Paréceme
como si el resplandor de las antorchas saliese de él y de
su cabeza, en la cual ya no queda cabello alguno.
|
| 356 |
Dijo;
y luego habló de esta manera a Odiseo, asolador de ciudades:
|
| 357 |
¡Huésped!
¡Querrías servirme en un rincón de mis campos,
si te tomase a jornal -y te lo diera muy cumplido- atando setos
y plantando árboles grandes? Yo te facilitaría pan
todo el año, y vestidos, y calzado para tus pies. Mas como
ya eres ducho en malas obras, no querrás aplicarte al trabajo,
sino tan sólo pedir limosna por la población a fin
de poder llenar tu vientre insaciable.
|
| 365 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
|
| 366 |
¡Eurímaco!
Si nosotros hubiéramos de competir sobre el trabajo de la
siega en la estación vernal, cuando los días son más
largos, y yo tuviese una bien corvada hoz y tu otra tal para probarnos
en la faena, y nos quedáramos en ayunas hasta el anochecer,
y la hierba no faltara; o si conviniera guiar unos magníficos
bueyes de luciente pelaje, grandes, hartos de hierba, parejos en
la edad, de una carga, cuyo vigor no fuera menguado, para la labranza
de un campo de cuatro jornales y de tan buen tempero que los terrones
cediesen al arado: veríasme rompiendo un no interrumpido
surco. Y de igual modo, si el Cronión suscitara hoy una guerra
en cualquier parte y yo tuviese un escudo, dos lanzas y un casco
de bronce que se adaptara a mis sienes, veríasme mezclado
con los que mejor y más adelante lucharan, y ya no me increparías
por mi vientre como ahora. Pero tú te portas con gran insolencia,
tienes ánimo cruel y quizás presumas de grande y fuerte,
porque estás entre pocos y no de los mejores. Si Odiseo tornara
y volviera a su patria, estas puertas tan anchas te serían
angostas cuando salieses huyendo por el zaguán.
|
| 387 |
Así
habló. Irritóse Eurímaco todavía más
en su corazón y encarándole la torva vista, le dijo
estas aladas palabras:
|
| 389 |
¡Ah,
miserable! Pronto he de imponerte el castigo que mereces por la
audacia con que hablas ante tantos varones y sin que tu ánimo
se turbe: o el vino te trastornó el seso, o tienes este natural,
y tal es la causa de que digas necedades. ¿Te desvanece acaso
la victoria que conseguiste contra el vagabundo Iro?
|
| 394 |
En
acabando de hablar, cogió un escabel; pero, como Odiseo,
temiéndole, se sentara en las rodillas del duliquiense Anfínomo,
acertó al copero en la mano derecha; el jarro de éste
cayó a tierra con gran estrépito, y él fue
a dar, gritando, de espaldas en el polvo. Los pretendientes movían
alboroto en la obscura sala, y uno de ellos dijo al que tenía
mas cerca:
|
| 401 |
Ojalá
acabara sus días el forastero, vagando por otros lugares
antes que viniese; y así no hubiera originado este gran tumulto.
Ahora disputamos por los mendigos; y ni en el banquete se hallará
placer alguno porque prevalece lo peor.
|
| 405 |
Y
el esforzado y divinal Telémaco les habló diciendo:
|
| 406 |
¡Desgraciados!
Os volvéis locos y vuestro ánimo ya no puede disimular
los efectos de la comida y del vino: algún dios os excita
sin duda. Mas, ya que comisteis bien, vaya cada cual a recogerse
a su casa, cuando el ánimo se lo aconseje; que yo no pienso
echar a nadie.
|
| 410 |
Esto
les dijo; y todos se mordieron los labios, admirándose de
que Telémaco les hablase con tanta audacia. Y Anfínomo,
el preclaro hijo del rey Niso Aretíada, les arengó
de esta manera:
|
| 414 |
¡Amigos!
Nadie Se irrite oponiendo contrarias razones al dicho justo de Telémaco;
y no maltratéis al huésped, ni a ninguno de los esclavos
que moran en la casa del divino Odiseo; Mas ea, comience el escanciano
a repartir las copas para que, en haciendo la libación, nos
vayamos a recoger en nuestras casas y dejaremos que el huésped
se quede en el palacio de Odiseo, al cuidado de Telémaco,
ya que a la morada de éste enderezó el camino.
|
| 422 |
Así
habló; y el discurso les plugo a todos. El héroe Mulio,
heraldo duliquiense y criado de Anfínomo, mezcló la
bebida en una cratera, y sirvióla a cuantos se hallaban presentes,
llevándosela por su orden: y ellos después de ofrecer
la libación a los bienaventurados dioses, bebieron el dulce
vino. Mas después que hubieron libado y bebido cuanto desearon,
cada cual se fue a acostar a su propia casa. |
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