| 1 |
Quedóse
en el palacio el divinal Odiseo y, junto con Atenea, pensaba en
la matanza de los pretendientes cuando de súbito dijo a Telémaco
estas aladas palabras:
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| 4 |
¡Telémaco!
Es preciso llevar adentro todas las marciales armas y engañar
a los pretendientes con blandos dichos cuando las echen de menos
y te pregunten por ellas:
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| 7 |
"Las
he llevado lejos del humo, porque ya no parecen las que dejó
Odiseo al partir para Troya; sino que están afeadas en la
parte que alcanzó el ardor del fuego. Además, alguna
deidad me sugirió en la mente esta otra razón más
poderosa: no sea que, embriagándoos, trabéis una disputa,
os hiráis los unos a los otros, y mancilléis el convite
y el noviazgo; que ya el hierro por sí solo atrae al hombre."
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| 14 |
Así
se expresó. Telémaco obedeció a su padre y,
llamando a su nodriza Euriclea, hablóle de esta suerte:
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| 16 |
¡Ama!
Ea, tenme encerradas las mujeres en sus habitaciones, mientras llevo
a otro cuarto las magníficas armas de mi padre, pues en su
ausencia nadie las cuida y el humo las enmohece. Hasta aquí
he sido niño. Mas ahora quiero depositarlas donde no las
alcance el ardor del fuego.
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| 21 |
Respondióle
su nodriza Euriclea:
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| 22 |
¡Oh,
hijo! Ojalá hayas adquirido la necesaria prudencia para cuidarte
de la casa y conservar tus heredades. Pero ¿quién
será la que vaya contigo llevándote la luz, si no
dejas venir las esclavas, que te habrían alumbrado?
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| 26 |
Contestóle
el prudente Telémaco:
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| 27 |
Ese
huésped: pues no toleraré que permanezca ocioso quien
coma de lo mío, aunque haya llegado de lejas tierras.
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| 29 |
Así
dijo y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea, que
cerró las puertas de las cómodas habitaciones.
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| 31 |
Odiseo
y su ilustre hijo se apresuraron a llevar adentro los cascos, los
abollonados escudos y las agudas lanzas; y precedíale Palas
Atenea con lámpara de oro que daba luz hermosísima.
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| 35 |
Y
Telémaco dijo de repente a su padre:
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| 36 |
¡Oh,
padre! Grande es el prodigio que contemplo con mis propios ojos:
las paredes del palacio, los bonitos intercolumnios, las vigas de
abeto y los pilares encumbrados aparecen a mi vista como si fueran
ardiente fuego. Sin duda debe de estar aquí alguno de los
dioses que poseen el anchuroso cielo.
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| 41 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
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| 42 |
Calla,
refrena tu pensamiento y no me interrogues pero de este modo suelen
proceder, en efecto, los dioses que habitan el Olimpo. Ahora acuéstate,
y yo me quedaré para provocar todavía a las esclavas
y departir con tu madre la cual, lamentándose, me preguntará
muchas cosas.
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| 47 |
Así
habló; y Telémaco se fue por el palacio, a la luz
de las resplandecientes antorchas, y se recogió en el aposento
donde solía dormir cuando el dulce sueño le vencía:
allí se acostó para aguardar la divinal Eos.
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| 51 |
Mas
el divino Odiseo se quedó en la sala, y junto con Atenea
pensaba en la matanza de los pretendientes.
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| 53 |
Salió
de su cuarto la discreta Penelopea, que parecía Artemis o
la dorada Afrodita, y colocáronle junto al hogar el torneado
sillón, con adornos de marfil y plata, en que se sentaba;
el cual había sido fabricado antiguamente por el artífice
Icmalio, que le puso un escabel para los pies, adherido al mismo
y cubierto con una grande piel. Allí se sentó la discreta
Penelopea. Llegaron de dentro de la casa las doncellas de níveos
brazos, retiraron el abundante pan, las mesas, y las copas en que
bebían los soberbios pretendientes, y, echando por tierra
las brasas de los tederos, amontonaron en ellos gran cantidad de
leña para que hubiese luz y calor.
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| 65 |
Y
Melanto reprendió a Odiseo por segunda vez.
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| 66 |
¡Forastero!
¿Nos importunarás todavía, andando por la casa
durante la noche y espiando a las mujeres? Vete afuera, oh mísero,
y conténtate con lo que comiste, o muy pronto te echarán
a tizonazos.
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| 70 |
Mirándola
con torva faz, exclamó el ingenioso Odiseo:
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|
| 71 |
¡Desdichada!
¿Por qué me acometes de esta manera, con ánimo
irritado? ¿Quizás porque voy sucio, cubro mi cuerpo
con miserables vestiduras y pido limosna por la población?
La necesidad me fuerza a ello, y así son los mendigos y los
vagabundos. Pues en otra época también yo fui dichoso
entre los hombres, habité una rica morada y en multitud de
ocasiones di limosna al vagabundo, cualquiera que fuese y hallárase
en la necesidad en que se hallase; entonces poseía innumerables
siervos y otras muchas cosas con las cuales los hombres viven en
regalo y gozan fama de opulentos. Mas Zeus Cronión me arruinó,
porque así lo quiso.
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| 81 |
No
sea que también tu, oh mujer, vayas a perder toda la hermosura
de que haces gala entre las esclavas; que tu señora, irritándose,
se embravezca contigo; o que Odiseo llegue, pues aún hay
esperanzas de que torne. Y si, por haber muerto, no volviese, ya
su hijo Telémaco es tal, por la voluntad de Apolo, que ninguna
de las mujeres del palacio le pasará inadvertida si fuere
mala; pues ya tiene edad para entenderlo.
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| 89 |
Así
habló. Oyóle la discreta Penelopea y reprendió
a la esclava diciéndole estas palabras:
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| 91 |
¡Atrevida!
¡Perra desvergonzada! No se me oculta en lo más mínimo
la mala acción que está cometiendo y que pagarás
con tu cabeza. Muy bien te constaba, por haberlo oído de
mi boca, que he de preguntar al forastero en esta sala acerca de
mi esposo; pues me hallo sumamente afligida.
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| 96 |
Dijo;
y acto continuo dirigió estas palabras a Eurínome,
la despensera:
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| 97 |
¡Eurínome!
Trae una silla y cúbrela con una pelleja, a fin de que se
acomode el forastero, y hable y me escuche, que deseo interrogarle.
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| 100 |
Así
habló. Con gran diligencia trajo Eurínome una pulimentada
silla, la cubrió con una pelleja, y en ella tomó asiento
el paciente divinal Odiseo. Entonces rompió el silencio la
discreta Penelopea, hablando de esta suerte:
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| 104 |
¡Forastero!
Ante todas cosas quiero hacerte yo misma estas preguntas: ¿Quién
eres y de qué país procedes? ¿Dónde
se hallan tu ciudad y tus padres?
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| 106 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
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| 107 |
¡Oh,
mujer! Ninguno de los mortales de la vasta tierra podría
censurarte, pues tu gloria llega hasta el anchuroso cielo como la
de un rey eximio y temeroso de los dioses, que impera sobre muchos
y esforzados hombres, hace que triunfe la justicia, y al amparo
de su buen gobierno la negra tierra produce trigo y cebada, los
árboles se cargan de fruta, las ovejas paren hijuelos robustos,
el mar da peces, y son dichosos los pueblos que le están
sometidos. Mas ahora que nos hallamos en tu casa, hazme otras preguntas,
y no te empeñes en averiguar mi linaje, ni mi patria: no
sea que con la memoria acrecientes los pesares de mi corazón,
pues he sido muy desgraciado. Y tampoco conviene que en casa ajena
esté llorando y lamentándome porque es muy malo afligirse
siempre y sin descanso: no fuera que alguna de las esclavas se enojara
conmigo, o tú misma, y dijerais que derramo lágrimas
porque el vino me perturbó el entendimiento.
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| 123 |
Contestóle
en seguida la discreta Penelopea:
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| 124 |
¡Forastero!
Mil gracias -la belleza y la gala de mi cuerpo- destruyéronlas
los inmortales cuando los argivos partieron para Ilión y
se fue con ellos mi esposo Odiseo. Si éste, volviendo, cuidara
de mi vida, mayor y más hermosa fuera mi gloria, pues estoy
angustiada por tantos males como me envió algún dios.
Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same
y la selvosa Zacinto, y cuantos viven en la propia Itaca, que se
ve de lejos, me pretenden contra mi voluntad y arruinan la casa.
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| 134 |
Por
esto no me curo de los huéspedes, ni de los suplicantes,
ni de los heraldos, que son ministros públicos; sino que,
padeciendo soledad de Odiseo, se me consume el ánimo. Ellos
me dan prisa a que me case, y yo tramo engaños. Primeramente
sugirióme un dios que me pusiese a tejer en el palacio una
gran tela sutil e interminable, y entonces les hablé de este
modo:
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| 141 |
"Jóvenes
pretendientes míos! Ya que ha muerto el divino Odiseo, aguardad,
para instar mis bodas, que acabe este lienzo -no sea que se me pierdan
inútilmente los hilos- a fin de que tenga sudario el héroe
Laertes cuando le sorprenda la Moira fatal de la aterradora muerte.
¡No se me vaya a indignar algún de las aqueas del pueblo
si ve enterrar sin mortaja a un hombre que ha poseído tantos
bienes!"
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| 148 |
Así
les dije y su ánimo generoso se dejó persuadir. Desde
aquel instante pasábame el día labrando la gran tela,
y por la noche, tan luego como me alumbraba con las antorchas, deshacía
lo tejido.
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| 151 |
De
esta suerte logré ocultar el engaño y que mis palabras
fueran creídas por los aqueos durante un trienio; mas así
que vino el cuarto año y volvieron a sucederse las estaciones,
después de transcurrir los meses y de pasar muchos días,
entonces por las perras de mis esclavas, que de nada se cuidan,
vinieron a sorprenderme y me reprendieron con sus palabras. Así
fue como, mal de mi grado, me vi en la necesidad de acabar la tela.
Ahora ni me es posible evitar las bodas, ni hallo ningún
otro consejo que me valga. Mis padres desean apresurar el casamiento
y mi hijo siente gran pena al notar cómo son devorados nuestros
bienes, porque es hombre apto para regir la casa y Zeus le da gloria.
Mas, con todo eso, dime tu linaje y de dónde eres, que no
serán tus progenitores la encina o el peñasco de la
vieja fábula.
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| 164 |
RespondióIe
el ingenioso Odiseo:
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| 165 |
¡Oh,
veneranda esposa de Odiseo Laertíada! ¿No cesarás
de interrogarme acerca de mi progenie? Pues bien, voy a decírtela,
aunque con ello acrecientes los pesares que me agobian; pues así
le ocurre al hombre que, como yo, anduvo mucho tiempo fuera de su
patria, peregrinando por tantas ciudades y padeciendo fatigas. Mas
con todo, te hablaré de aquello que me preguntas y acerca
de lo cual me interrogas.
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| 172 |
"En
medio del vinoso ponto rodeada del mar, hay una tierra hermosa y
fértil, Creta; y en ella muchos, innumerables hombre, y noventa
ciudades. Allí se oyen mezcladas varias lenguas, pues viven
en aquel país los
aqueos,
los magnánimos cretenses indígenas, los cidones, los
dorios,
que están divididos en tres tribus, y los divinos pelasgos.
Entre las ciudades se halla Cnoso, gran población, en la
cual reinó por espacio de nueve años Minos, que conversaba
con el gran Zeus y fue padre de mi padre, del magnánimo Deucalión.
Este engendróme a mí y al rey Idomeneo, que fue a
Ilión en las corvas naves, juntamente con los Atridas; mi
preclaro nombre es Etón y soy el más joven de los
dos hermanos, pues aquel es el mayor y el más valiente.
|
|
| 185 |
En
Cnoso conocí a Odiseo y aun le ofrecí los dones de
la hospitalidad. El héroe enderezaba el viaje para Troya
cuando la fuerza del viento lo apartó de Malea y lo llevó
a Creta: y entonces ancoró sus barcos en un puerto peligroso
en la desembocadura del
Amniso,
donde está la gruta de Ilitia, y a duras penas pudo escapar
de la tormenta. Entróse en seguida por la ciudad y preguntó
por Idomeneo que era, según afirmaba, su huésped querido
y venerado; mas ya la aurora había aparecido diez u once
veces desde que había zarpado para Ilión con sus corvas
naves. Al punto lo conduje al palacio, le procuré digna hospitalidad,
tratándole solícita y amistosamente -que en nuestra
casa reinaba la abundancia- e hice que a él y a los compañeros
que llevaba se les diera harina y negro vino en común por
el pueblo, y también bueyes para que los sacrificaran y satisfacieran
de este modo su apetito. Los divinos aqueos permanecieron con nosotros
doce días, por soplar el Bóreas tan fuertemente que
casi no se podía estar ni aun en la tierra. Debió
de excitarlo alguna deidad malévola. Mas en el día
treceno echóse el viento y se dieron a la vela."
|
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| 203 |
De
tal suerte forjaba su relato, refiriendo muchas cosas falsas que
parecían verdaderas; y a Penelopea, al oírlo, le brotaban
las lágrimas de los ojos y se le deshacía el cuerpo.
Así como en las altas montañas se derrite la nieve
al soplo del Euro después que el Céfiro la derribó,
y la corriente de los ríos crece con la que se funde.
|
|
| 208 |
Así
se derretían con el llanto las hermosas mejillas de Penelopea,
que lloraba por su marido teniéndolo junto a sí. Odiseo,
aunque interiormente compadecía a su mujer, que sollozaba,
tuvo los ojos tan firmes dentro de los párpados cual si fueran
de cuerno o de hierro, y logró con astucia que no se le rezumasen
las lágrimas.
|
|
| 213 |
Y
Penelopea, después que se hubo hartado de llorar y de gemir,
tornó a hablarle con estas palabras:
|
|
| 215 |
Ahora,
oh huésped, pienso someterte a una prueba para saber si es
verdad, como lo afirmas, que en tu palacio hospedaste a mi esposo
con sus compañeros, iguales a los dioses. Dime que vestiduras
llevaba su cuerpo y cómo eran el propio Odiseo y los compañeros
que le seguían.
|
|
| 220 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
|
|
| 221 |
¡Oh,
mujer! Es difícil referirlo después de tanto tiempo,
porque hace ya veinte años que se fue de allá y dejó
mi patria; esto no obstante, te diré cómo se lo representa
mi corazón. Llevaba el divinal Odiseo un manto lanoso, doble,
purpúreo, con áureo broche de dos agujeros: en la
parte anterior del manto estaba bordado un perro que tenía
entre sus patas delanteras un manchado cervatillo, mirándole
forcejear, y a todos pasmaba que, siendo entrambos de oro, aquél
mirara al cervatillo a quien ahogaba, y éste forcejara con
los pies, deseando escapar. En torno del cuerpo de Odiseo vi una
espléndida túnica que semejaba árida binza
de cebolla, ¡tan suave era!, y relucía como un sol;
y muchas mujeres la contemplaban admiradas. Pero tengo que decirte
una cosa que fijarás en tu memoria: no sé si Odiseo
ya llevaría estas vestiduras en su casa o se las dio alguno
de sus compañeros, cuando iba en su velera nave, o quizás
algún huésped; que Odiseo tenía muchos amigos,
pues eran pocos los aqueos que pudieran comparársele.
|
|
| 241 |
También
yo le regalé una broncínea espada, un hermoso manto
doble de color de púrpura, y una túnica orlada; después
de lo cual fui a despedirle con gran respeto hasta su nave de muchos
barcos. Acompañába le un heraldo un poco más
viejo que él, y voy a decirte cómo era: metido de
hombros, de negra tez y rizado cabello, y su nombre Euríbates.
Honrábale Odiseo mucho más que a otro alguno de sus
compañeros, porque ambos solían pensar de igual manera.
|
|
| 249 |
Así
le dijo, y acrecentóle el deseo del llanto, pues Penelopea
reconoció las señas que Odiseo iba describiendo con
tal certidumbre. Y cuando estuvo harta de llorar y de gemir, le
respondió con estas palabras:
|
|
| 253 |
¡Oh,
forastero! Aunque ya antes de ahora te tuve compasión, en
adelante has de ser querido y venerado en esta casa; pues yo misma
le entregué esas vestiduras que dices, sacándolas
bien plegadas de mi estancia, y les puse el lustroso broche, para
que le sirviese de ornamento a aquél a quien ya no tornaré
a recibir, de vuelta a su hogar y a su patria tierra; que con hado
funesto partió en las cóncavas naves, para ver aquella
Ilión perniciosa y nefanda.
|
|
| 261 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
|
|
| 262 |
¡Oh
veneranda mujer de Odiseo Laertíada! No mortifiques más
el hermoso cuerpo, ni consumas el ánimo, llorando a tu marido;
bien que por ello no he de reprenderte porque la mujer suele sollozar
cuando perdió el varón con quien se casó virgen
y de cuyo amor tuvo hijos, aunque no sea como Odiseo, que, según
cuentan, se asemejaba a los dioses. Suspende el llanto y presta
atención a mis palabras, pues voy a hablarte con sinceridad
y no te callaré nada de cuanto sé sobre el regreso
de Odiseo; el cual vive, está cerca -en el opulento país
de los tesprotos- y trae muchas y excelentes preciosidades que ha
logrado recoger por entre el pueblo. Perdió sus fieles compañeros
y la cóncava nave en el vinoso ponto, al venir de la isla
de Trinacia, porque contra el se airaron Zeus y Helios, a cuyas
vacas habían dado muerte sus compañeros. Los demás
perecieron en el alborotado ponto, y Odiseo, que montó en
la quilla de su nave, fue arrojado por las olas a tierra firme,
al país de los feacios, que son cercanos por su linaje a
los dioses y ellos le honraron cordialmente como a un numen, le
hicieron muchos regalos y deseaban conducirlo sano y salvo a su
casa. Y ya estuviera Odiseo aquí mucho tiempo ha, si no le
hubiese parecido más útil irse por la vasta tierra
para juntar riquezas, pues sobresale por sus ardides entre los mortales
hombres y con él nadie puede. Así me lo dijo Fidón,
rey de los tesprotos, y juró en mi presencia haciendo libaciones
en su casa, que ya habían echado la nave al mar y estaban
a punto los compañeros para conducirlo a su patria tierra.
Pero antes envióme a mí, porque se ofreció
casualmente un barco de varones tesprotos que iba a Duliquio, la
abundosa en trigo. Y me mostró todos los bienes que Odiseo
había juntado, con los cuales pudiera mantenerse un hombre
y sus descendientes hasta la décima generación: ¡tantos
objetos preciosos tenía en el palacio de aquel rey!
|
|
| 296 |
Añadió
que Odiseo estaba en Dodona para saber por la alta encina la voluntad
de Zeus acerca de si convendría que volviese manifiesta o
encubiertamente a su patria, de la cual tanto ha que se halla ausente.
|
|
| 300 |
Salvo
está, pues, y vendrá pronto, que no permanecerá
mucho tiempo alejado de sus amigos y de su patria tierra y sobre
este punto voy a prestar un juramento: sean testigos Zeus, el más
excelso y poderoso de los dioses y el hogar del intachable Odiseo
a que he llegado, de que todo se cumplirá como lo digo: Odiseo
vendrá aquí este año, al terminar el corriente
mes y comenzar el próximo.
|
|
| 308 |
Respondióle
la discreta Penelopea:
|
|
| 309 |
¡Ojalá
se cumpliese cuando dices, oh forastero! Que bien pronto conocerías
mi amistad, pues te haría tantos regalos que te considerara
dichoso quien contigo se encontrase. Pero mi ánimo presiente
lo que ha de suceder: ni Odiseo volverá a esta casa, ni tú
conseguirás que te lleven a la tuya, que no hay en el palacio
quienes lo rijan, siendo cual era Odiseo entre los hombres -si todo
no fue sueño- para acoger y conducir a los venerables huéspedes.
Mas vosotras, criadas, lavad al huésped y aparejadle un lecho,
con su cama, mantas y colchas espléndidas; para que, calentándose
bien, aguarde la aparición de Eos, de áureo trono.
Mañana, muy temprano, bañadle y ungidle; y coma aquí
dentro, sentado en esta sala, al lado de Telémaco. Mas para
aquél que con el ánimo furioso le molestare, pues
será la última acción que aquí ejecute
por muy irritado que se ponga. ¿Cómo sabrías,
oh forastero, si aventajo a las demás mujeres en inteligencia
y prudente consejo, si dejara que así, tan sucio y miserablemente
vestido comieras en el palacio? Son los hombres de vida corta: el
cruel, el que procede inicuamente, consigue que todos los mortales
le imprequen desventuras mientras vive y que todos lo insulten después
de muerto; mas el intachable, el que procede intachablemente, alcanza
una fama grandísima que sus huéspedes difunden entre
todos los hombres y son muchos los que le llaman bueno.
|
|
| 335 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
|
|
| 336 |
¡Oh
veneranda mujer de Odiseo Laertíada! Los mantos y las colchas
lucientes me dan en el rostro desde la hora en que dejé los
nevados montes de Creta y partí en la nave de largos remos.
Me acostaré como antes, cuando pasaba las noches sin pegar
el ojo, pues en muchas de ellas descansé en ruin lecho, aguardando
la aparición de la divina Eos de hermoso trono. Tampoco le
agradan a mi ánimo los baños de pies, ni tocará
los míos ninguna mujer de las que te sirven en el palacio,
si no hay alguna muy vieja y de honestos pensamientos, que en su
alma haya sufrido tanto como yo; pues a esa no la he de impedir
que toque mis pies.
|
|
| 349 |
Contestóle
la discreta Penelopea:
|
|
| 350 |
¡Forastero
querido! Jamás llegó a mi casa otro varón de
tan buen juicio entre los amigables huéspedes que vinieron
de lejas tierras a mi morada; tal perspicuidad y cordura denotan
tus palabras. Tengo una anciana de prudente ingenio, que fue la
que alimentó y crió a aquel infeliz después
de recibirlo en sus brazos cuando la madre lo parió: ésta
te lavará los pies aunque sus fuerzas son ya menguadas.
|
|
| 357 |
Ea,
prudente Euriclea, levántate y lava a este varón coetáneo
de tu señor; que en los pies y en las manos debe de estar
Odiseo de semejante modo, pues los mortales envejecen presto en
la desgracia.
|
|
| 361 |
Así
habló. La vieja cubrióse el rostro con ambas manos,
rompió en ardientes lágrimas y dijo estas lastimeras
razones:
|
|
| 363 |
¡Ay,
hijo mío, que no puedo salvarte! Sin duda Zeus te cobro más
odio que a hombre alguno a pesar de que tu ánimo era tan
temeroso de las deidades. Ningún mortal quemó tantos
pingües muslos en honor de Zeus, que se huelga con el rayo,
ni le sacrificó tantas y tan selectas hecatombes como tú
le ofreciste rogándole que te diese placentera senectud y
te dejara criar a tu hijo ilustre; y ahora te privó, a ti
tan sólo, de ver lucir el día de la vuelta.
|
|
| 370 |
Quizás
se mofaron de mi señor las criadas de lejano huésped
a cuyo magnífico palacio llegara, como se burlan de ti, oh
forastero, estas perras cuyos denuestos y abundantes infamias quieres
evitar no permitiendo que te laven; y por tal razón me manda
que lo haga yo, no ciertamente contra mi deseo, la hija de Icario,
la discreta Penelopea. Y así, te lavaré los pies por
consideración a la propia Penelopea y a ti mismo; pues siento
que en el interior me conmueven el ánimo tus desventuras.
Mas, ea, oye lo que voy a decir: muchos huéspedes infortunados
vinieron a esta casa, pero en ninguno he advertido una semejanza
tan grande con Odiseo en el cuerpo, en la voz y en los pies, como
en ti la echo de ver.
|
|
| 382 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
|
|
| 383 |
¡Oh
anciana! Lo mismo dicen cuantos nos vieron con sus propios ojos:
que somos muy semejantes, como tú lo has reparado.
|
|
| 386 |
Así
se expresó. La vieja tomó un reluciente caldero en
el que acostumbraba lavar los pies, echóle gran cantidad
de agua fría y derramó sobre ella otra caliente. Mientras
tanto, sentóse Odiseo cabe al hogar y se volvió hacia
lo obscuro, pues súbitamente le entró en el alma el
temor de que la anciana, al asirle el pie reparase en cierta cicatriz
y todo quedara descubierto. Euriclea se acercó a su señor,
comenzó a lavarlo y pronto reconoció la cicatriz de
la herida que le había hecho un jabalí con su blanco
diente, con ocasión de haber ido aquél al
Parnaso,
a ver a Autólico y sus hijos. Era ese el padre ilustre de
la madre de Odiseo, y descollaba sobre los hombres en hurtar y jurar,
presentes que le había hecho el propio Hermes, en cuyo honor
quemaba agradables muslos de corderos y de cabritos; por esto el
dios le asistía benévolo.
|
|
| 399 |
Cuando
anteriormente fue Autólico a la opulenta población
de Itaca, halló un niño recién nacido de su
hija; y, después de cenar, Euriclea se lo puso en las rodillas,
y le habló de semejante modo:
|
|
| 403 |
¡Autólico!
Busca tú ahora algún nombre para ponérselo
al nieto que tanto deseaste.
|
|
| 405 |
Y
Autólico respondió diciendo:
|
|
| 406 |
¡Yerno,
hija mía! Ponedle el nombre que os voy a decir. Como llegué
aquí después de haberme airado contra muchos hombres
y mujeres, yendo por la fértil tierra, sea Odiseo el nombre
que se le ponga. Y cuando llegue a mozo y vaya al Parnaso, a la
grande casa materna donde se hallan mis riquezas, le daré
parte de las mismas y os lo enviaré contento.
|
|
| 413 |
Por
esto fue Odiseo: para que aquel le entregara los espléndidos
dones. Autólico y sus hijos recibiéronlo afectuosamente,
con apretones de mano y dulces palabras; y Anfítea, su abuela
materna, lo abrazó y le besó la cabeza y los lindos
ojos.
|
|
| 418 |
Autólico
mandó seguidamente a sus gloriosos hijos que aparejasen la
comida; y, habiendo ellos atendido la exhortación, trajeron
un buey de cinco años. Al instante lo desollaron y prepararon,
lo partieron todo, lo dividieron con suma habilidad en trocitos,
que espetaron en los asadores y asaron cuidadosamente, y acto continuo
distribuyeron las raciones.
|
|
| 424 |
Todo
el día, hasta la puesta del sol, celebraron el festín;
y nadie careció de su correspondiente porción. Y tan
pronto como el sol se puso y sobrevino la noche, acostáronse
y el don del sueño recibieron.
|
|
| 428 |
Así
que se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos
dedos, los hijos de Autólico y el divino Odiseo se fueron
a cazar llevándose los perros. Encamináronse al alto
monte Parnaso, cubierto de bosque, y pronto llegaron a sus ventosos
collados. Ya el sol hería con sus rayos los campos, saliendo
de la plácida y profunda corriente del Océano, cuando
los cazadores penetraron en un valle: iban al frente los perros,
que rastreaban la caza; detrás, los hijos de Autólico,
y con éstos, pero a poca distancia de los canes, el divino
Odiseo, blandiendo ingente lanza. En aquel sitio estaba echado un
enorme jabalí, en medio de una espesura tan densa que ni
el húmedo soplo de los vientos la atravesaba, ni la herían
los rayos del resplandeciente sol, ni la lluvia la penetraba del
todo, ¡tan densa era!, habiendo en la misma abundante seroja
amontonada.
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| 444 |
El
ruido de los pasos de los hombres y de los canes, que se acercaban
cazando, llegó hasta el jabalí: y éste dejó
el soto, fue a su encuentro con las crines del cuerpo erizadas y
los ojos echando fuego, y se detuvo muy cerca de ellos. Odiseo,
que fue el primero en acometerle, levantó con su mano robusta
la luenga lanza, deseando herirle; pero adelantándosele el
jabalí, le dio un golpe sobre la rodilla y, como arremetiera
al sesgo, desgarró con su diente mucha carne sin llegar al
hueso. Entonces Odiseo le acertó en la espalda derecha, se
la atravesó con la punta de la luciente lanza y el animal
quedó tendido en el polvo y perdió la vida.
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| 455 |
Los
caros hijos de Autólico reuniéronse en torno del intachable
Odiseo, igual a un dios, para socorrerle: vendáronle hábilmente
la herida, restañaron la negrusca sangre con un ensalmo,
y volvieron todos a la casa paterna. Autólico y sus hijos,
después de curarle bien, le hicieron espléndidos regalos,
y pronto lo enviaron alegre a su patria. El padre y la veneranda
madre de Odiseo holgáronse de su vuelta y le preguntaron
muchas cosas y qué le había ocurrido que llevaba aquella
cicatriz; y él refirióles por menor cómo, habiendo
ido al Parnaso a cazar con los hijos de Autólico, hirióle
un jabalí con su blanco diente.
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467 |
Al
tocar la vieja con la palma de la mano esta cicatriz, reconocióla
y soltó el pie de Odiseo: dio la pierna contra el caldero,
resonó el bronce, inclinóse la vasija hacia atrás,
y el agua se derramó por tierra.
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| 471 |
El gozo y el dolor invadieron simultáneamente el corazón
de Euriclea, se le arrasaron los ojos de lágrimas y la voz
sonora se le cortó. Mas luego tomó a Odiseo de la
barba y hablóle así:
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| 474 |
Tú
eres ciertamente Odiseo, hijo querido; y yo no te conocí
hasta que pude tocar todo mi señor con estas manos.
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| 476 |
Dijo;
y volvió los ojos a Penelopea, queriendo indicarle que tenía
dentro de la casa a su marido. Mas ella no pudo notarlo ni advertirlo
desde la parte opuesta, porque Atenea le distrajo el pensamiento.
Odiseo, tomando del pescuezo la anciana con la mano derecha, con
la otra le atrajo a sí y le dijo:
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| 482 |
¡Ama!
¿Por qué quieres perderme? Sí, tú me
criaste a tus pechos, y ahora, después de pasar muchas fatigas,
he llegado en el vigésimo año a la patria tierra.
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| 485 |
Mas,
ya que lo entendiste y un dios lo sugirió a tu mente, calla
y nadie lo sepa en el palacio. Lo que voy a decir llevaráse
a efecto. Si un dios hiciese sucumbir a mis manos los ilustres pretendientes,
no te perdonará a ti, a pesar de que fuiste mi ama, cuando
mate a las de más esclavas en el palacio.
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| 491 |
Contestóle
la prudente Euriclea:
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| 492 |
¡Hijo
mío! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco
de los dientes! Bien sabes que mi ánimo es firme e indomable,
y guardaré el secreto como una sólida piedra o como
el hierro.
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| 495 |
Otra
cosa quiero manifestarte que pondrás en tu corazón:
Si un dios hace sucumbir a tus manos los ilustres pretendientes,
te diré cuáles mujeres no te honran en el palacio
y cuáles están sin culpa.
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| 499 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
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| 500 |
¡Ama!
¿A qué nombrarlas? Ninguna necesidad tienes de hacerlo.
Yo mismo las observaré para conocerlas una por una. Guarda
silencio y confía en los dioses.
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| 503 |
Así
dijo; y la vieja se fue por el palacio a buscar agua para lavarle
los pies porque la primera se había derramado toda. Después
que lo hubo lavado y ungido con pingüe aceite, Odiseo acercó
nuevamente la silla al fuego, para calentarse, y cubrióse
la cicatriz con los andrajos.
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| 508 |
Entonces
rompió el silencio la discreta Penelopea, hablando de este
modo:
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| 509 |
¡Forastero!
Aún te haré algunas preguntas, muy pocas: que presto
será hora de dormir plácidamente, para quien logre
conciliar el dulce sueño aunque esté afligido. A mí
me ha dado algún dios un pesar inmenso, pues durante el día
me complazco en llorar, gemir y ver mis labores y las de las siervas
de la casa; pero, así que viene la noche y todos se acuestan,
yazgo en mi lecho y fuertes y punzantes inquietudes me asedian el
oprimido corazón y me excitan los sollozos.
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| 518 |
Como
cuando la hija de Pandáreo, la pardusca Aedón, canta
hermosamente al comenzar la primavera, posada en el tupido follaje
de los árboles, y deja oír su voz de variados sones
que muda a cada momento, llorando a Itilo, el vástago que
tuvo del rey Zeto y mató con el bronce por imprudencia: de
semejante manera está mi ánimo, vacilando entre dos
partidos, pues no sé si seguir viviendo con mi hijo y guardar
y mantener en pie todas las cosas -mis posesiones, mis esclavas
y esta casa grande y de elevada techumbre- por atención al
tálamo conyugal y temor del dicho de la gente; o irme ya
con quien sea el mejor de los aqueos que me pretenden en el palacio
y me haga muchísimas donaciones nupciales. Mi hijo, mientras
fue incipiente muchacho, no quiso que me casara y me fuera de esta
mansión de mi esposo; mas ahora, que ya es adulto, por haber
llegado a la flor de la juventud, desea que desampare el palacio,
viendo con indignación que sus bienes son devorados por los
aqueos.
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| 535 |
Pero,
ea, oye y declárame este sueño. Hay en la casa veinte
gansos que comen trigo remojado en agua y yo me huelgo de contemplarlos,
mas hete aquí que bajó del monte un aguilón
de corvo pico, y, rompiéndoles el cuello, los mató
a todos; quedaron éstos tendidos en montón y subióse
él al divino éter. Yo aunque entre sueños,
lloré y di gritos; y las aqueas, de hermosas trenzas, fueron
juntándose a mi alrededor, mientras me lamentaba tanto de
que el aguilón hubiese matado mis gansos, que movía
a compasión.
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| 544 |
Entonces
el aguilón tornó a venir, se posó en el borde
de la techumbre, y me calmó diciendo con voz humana:
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| 546 |
"¡Cobra
ánimo hija del celebérrimo Icario!, pues no es sueño,
sino visión veraz que ha de cumplirse. Los gansos son los
pretendientes y yo, que era el aguilón, soy tu esposo, que
he llegado y daré a todos los pretendientes ignominiosa muerte."
Así dijo. Ausentóse de mí el dulce sueño
y mirando en derredor, vi los gansos en el palacio, junto al pesebre
que comían trigo como antes.
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| 554 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
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| 555 |
¡Oh
mujer! No es posible declarar el sueño de otra manera, ya
que el propio Odiseo te manifestó cómo lo llevará
al cabo: aparece clara la perdición de todos los pretendientes
y ninguno escapará de la muerte y de las Moiras.
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| 559 |
Contestóle
la discreta Penelopea:
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| 560 |
¡Forastero!
Hay sueños inescrutables y de lenguaje obscuro, y no se cumple
todo lo que anuncian los hombres. Hay dos puertas para los leves
sueños: una, construida de cuerno; y otra, de marfil. Los
que vienen por el bruñido marfil nos engañan, trayéndonos
palabras sin efecto; y los que salen por el pulimentado cuerno anuncian,
al mortal que los ve, cosas que realmente han de verificarse. Mas
no me figuro yo que mi terrible sueño haya salido por el
último, que nos fuera muy grato a mí y a mi hijo.
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| 570 |
Otra
cosa voy a decirte que pondrás en tu corazón. No tardará
en lucir la infausta Eos que ha de alejarme de la casa de Odiseo,
pues ya quiero ofrecer a los pretendientes un certamen: las segures,
que aquél fijaba en línea recta y en número
de doce, dentro de su palacio, cual si fuesen los puntales de un
navío en construcción, y desde muy lejos hacía
pasar una flecha por los anillos. Ahora, pues, los invitaré
a esta lucha, y aquél que más fácilmente maneje
el arco, lo arme y haga pasar una flecha por el ojo de las doce
segures, será con quien yo me vaya, dejando esta casa a la
que vine doncella, que es tan hermosa, que está tan abastecida,
y de la cual imagino que habré de acordarme aun entre sueños.
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| 582 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
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| 583 |
¡Oh
veneranda mujer de Odiseo Laertíada! No difieras por más
tiempo ese certamen que ha de efectuarse en el palacio, pues el
ingenioso Odiseo vendrá antes que ellos, manejando el pulido
arco, logren tirar de la cuerda y consigan que la flecha traspase
el hierro.
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| 588 |
Díjole
entonces la discreta Penelopea:
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| 589 |
¡Forastero!
Si quisieras deleitarme con tus dichos, sentado junto a mí,
en esta sala, no caería ciertamente el sueño en mis
ojos; mas no es posible que los hombres estén sin dormir,
porque los inmortales han ordenado que los mortales de la fértil
tierra empleen una parte del tiempo en cada cosa.
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| 594 |
Voyme
a la estancia superior y me acostaré en mi lecho tan luctuoso,
que siempre está regado de lágrimas desde que Odiseo
partió para ver aquella Ilión perniciosa y nefanda.
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| 598 |
Allí
descansaré. Acuéstate tú en el interior del
palacio, teniendo algo por el suelo, o que te hagan una cama.
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| 600 |
Diciendo
así, subió a la espléndida habitación
superior no yendo sola, pues la acompañaban las esclavas.
Y en llegando con ellas a lo alto de la casa, echóse a llorar
por Odiseo, su caro marido, hasta que Atenea, la de ojos de lechuza,
le difundió en los párpados el dulce sueño. |
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