| 1 |
Odiseo,
dejando el puerto, empezó áspero camino por lugares
selvosos, entre unas eminencias, hacia donde le había indicado
Atenea que hallaría al porquerizo: el cual era, entre todos
los criados adquiridos por el divinal Odiseo, quien con mayor solicitud
le cuidaba los bienes.
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5 |
Hallóle
sentado en el vestíbulo de la majada excelsa, hermosa y grande,
construida en lugar descubierto que se andaba toda ella alrededor:
la cual había labrado el mismo porquerizo para los cerdos
del ausente rey, sin ayuda de su ama ni del anciano Laertes, empleando
piedras de acarreo y cercándola con un seto espinoso. Puso
fuera de la majada, acá y acullá, una larga serie
de espesas estacas, que había cortado del corazón
de unas encinas; y construyó dentro doce pocilgas muy juntas
en que se echaban los puercos. En cada una tenía encerradas
cincuenta hembras paridas de puercos, que se acuestan en el suelo;
y los machos pasaban la noche fuera, siendo su número mucho
menor porque los pretendientes, iguales a los dioses, los disminuían
comiéndose siempre el mejor de los puercos gordos, que les
enviaba el porquerizo. Eran los cerdos trescientos sesenta.
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|
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| 21 |
Junto
a ellos hallábanse constantemente cuatro perros, semejantes
a fieras, que había criado el porquerizo, mayoral de los
pastores. Este cortaba entonces un cuero de buey de color vivo y
hacía unas sandalias, ajustándolas a sus pies; y de
los otros pastores, tres se habían encaminado a diferentes
lugares con las piaras de los cerdos y el cuarto había sido
enviado a la ciudad por Eumeo para llevarles a los orgullosos pretendientes
el obligado puerco que inmolarían para saciar con la carne
su apetito.
|
| 29 |
De
súbito los perros ladradores vieron a Odiseo y, ladrando,
corrieron hacia él; más el héroe se sentó
astutamente y dejó caer el garrote que llevaba en la mano.
Entonces quizás hubiera padecido vergonzoso infortunio junto
a sus propios establos; pero el porquerizo siguió en seguida
y con ágil pie a los canes y, atravesando apresuradamente
el umbral donde se le cayó de la mano aquel cuero, les dio
voces, los echó a pedradas a cada uno por su lado, y habló
al rey de esta manera:
|
| 37 |
¡Oh
anciano! En un tris estuvo que los perros te despedazaran súbitamente,
con lo cual me habrías causado gran oprobio. Ya los dioses
me tienen dolorido y me hacen gemir por una causa bien distinta;
pues mientras lloro y me angustio pensando en mi señor, igual
a un dios, he de criar estos puercos gordos para que otros se los
coman y quizás él esté hambriento y ande peregrino
por pueblos y ciudades de gente de extraño lenguaje, si aún
vive y contempla la lumbre del sol. Pero ven, anciano, sígueme
a la cabaña, para que, después de saciarte de manjares
y de vino conforme a tu deseo, me digas dónde naciste y cuántos
infortunios has sufrido.
|
| 48 |
Diciendo
así, el divinal porquerizo guióle a la cabaña,
introdújole en ella, e hizo sentar, después de esparcir
por el suelo muchas ramas secas, las cuales cubrió con la
piel de una cabra montés, grande, vellosa y tupida que le
servía de lecho. Holgóse Odiseo del recibimiento que
le hacía Eumeo, y le habló de esta suerte:
|
| 53 |
Zeus
y los inmortales dioses te concedan, ¡oh huésped! lo
que más anheles: ya que con tal benevolencia me has acogido.
|
| 55 |
Y
tú le contestaste así, porquerizo Eumeo:
|
|
| 56 |
¡Oh
forastero! No me es lícito despreciar al huésped que
se presente, aunque sea más miserable que tú, pues
son de Zeus todos los forasteros y todos los pobres. Cualquier donación
nuestra le es grata, aunque sea exigua; que así suelen hacerlas
los siervos, siempre temerosos cuando mandan amos jóvenes.
Pues las deidades atajaron sin duda la vuelta del mío, el
cual, amándome por todo extremo, me habría procurado
una posesión una casa, un peculio y una mujer muy codiciada;
todo lo cual da un amo benévolo a su siervo, cuando ha trabajado
mucho para él y las deidades hacen prosperar su obra como
hicieron prosperar ésta en que me ocupo. Grandemente me ayudara
mi señor si aquí envejeciese; pero murió ya:
¡así hubiera perecido completamente la estirpe de Helena,
por la cual a tantos hombres les quebraron las rodillas! Que aquél
fue a Troya, la de hermosos corceles, para honrar a Agamemnón
combatiendo contra los teucros.
|
| 72 |
Diciendo
así, en un instante se sujetó la túnica con
el cinturón, se fue a las pocilgas donde estaban las piaras
de los puercos, volvió con dos, y a entrambos los sacrificó,
los chamuscó y, después de descuartizarlos, los espetó
en los asadores. Cuando la carne estuvo asada, se la llevó
a Odiseo, caliente aún y en los mismos asadores, polvoreándola
de blanca harina; echó en una copa de hiedra vino dulce como
la miel.
|
| 79 |
Sentóse
enfrente de Odiseo, e, invitándole, hablóle de esta
suerte:
|
| 80 |
Come,
oh huésped, esta carne de puerco, que es la que está
a la disposición de los esclavos; pues los pretendientes
devoran los cerdos más gordos, sin pensar en la venganza
de las deidades, ni sentir piedad alguna.
|
| 83 |
Pero
los bienaventurados númenes no se agradan de las obras perversas,
sino que honran la justicia y las acciones sensatas de los hombres.
Y aun los varones malévolos y enemigos que invaden el país
ajeno y, permitiéndoles Zeus que recojan botín, vuelven
a la patria con las naves repletas; aun éstos sienten que
un fuerte temor de la venganza divina les oprime el corazón.
Mas los pretendientes algo deben de saber de la deplorable muerte
de aquel por la voz de alguna deidad que han oído, cuando
no quieren pedir de justo modo el casamiento, ni restituirse a sus
casas; antes muy tranquilos consumen los bienes orgullosa e inmoderadamente.
En ninguno de los días ni de las noches, que proceden de
Zeus, se contentan con sacrificar una víctima, ni dos tan
solo; y agotan el vino, bebiéndolo sin tasa alguna. Pues
la hacienda de mi amo era cuantiosísima, tanto como la de
ninguno de los héroes que viven en el negro continente o
en la propia Itaca y ni juntando veinte hombres la suya pudieran
igualarla. Te la voy a especificar.
|
| 100 |
Doce
vacadas hay en el continente; y otros tantos ganados de ovejas,
otras tantas piaras de cerdos, y otras tantas copiosas manadas de
cabras apacientan allá sus pastores y gente asalariada. Aquí
pacen once hatos numerosos de cabras en la extremidad del campo,
y los vigilan buenos pastores, cada uno de los cuales lleva todos
los días a los pretendientes una res, aquella de las bien
nutridas cabras que le parece mejor. Y yo guardo y protejo estas
marranas y, separando siempre el mejor de los puercos, se lo envío
también.
|
| 109 |
Así
habló. Odiseo, sin desplegar los labios, devoraba aprisa
la vianda y bebía vino con avidez, maquinando males contra
los pretendientes. Después que hubo cenado y repuesto el
ánimo con la comida, diole Eumeo la copa que usaba para beber,
llena de vino. Aceptóla el héroe y, alegrándose
en su corazón pronunció estas aladas palabras:
|
| 115 |
¡Oh
amigo! ¿Quién fue el que te compró con sus
bienes y era tan opulento y poderoso, según cuentas? Decías
que pereció por causa de la honra de Agamemnón. Nómbramelo
por si acaso en alguna parte hubiese conocido a tal hombre. Zeus
y los dioses inmortales saben si lo he visto y podré darte
alguna nueva, pues anduve perdido por mucho pueblos.
|
| 121 |
Respondióle
el porquerizo mayoral de los pastores:
|
| 122 |
¡Oh
viejo! A ningún vagabundo que llegue con noticias de mi amo,
le darán crédito ni la mujer de éste ni su
hijo; pues los que van errantes y necesitan socorro mienten sin
reparo y se niegan a hablar sinceramente. Todo aquel que, peregrinando,
llega al pueblo de Itaca, va a referirle patrañas a mi ama;
y ésta le acoge amistosamente, le hace preguntas sobre cada
punto, y al momento solloza y destila lágrimas de sus párpados,
como es costumbre de la mujer cuyo marido ha muerto en otra tierra.
Tú mismo, oh anciano, inventarías muy pronto cualquier
relación, si te diesen un manto y una túnica con que
vestirte. Mas ya los perros y las veloces aves han debido separarle
la piel de los huesos, y el almo le habrá dejado; o quizás
los peces lo devoraron en el ponto y sus huesos yacen en la playa,
dentro de un gran montón de arena. De tal suerte murió
aquél y nos ha dejado pesares a todos sus amigos y especialmente
a mí, que ya no hallaré un amo tan benévolo
en ningún lugar a que me encamine, ni aun si me fuere a la
casa de mi padre y de mi madre donde nací y ellos me criaron.
Y lloro no tanto por ellos, aunque deseara verlos con mis ojos en
la patria tierra, como porque me aqueja el deseo del ausente Odiseo;
a quien, oh huésped, temo nombrar, no hallándose acá,
pues me amaba mucho y se interesaba por mi en su corazón,
y yo le llamo hermano del alma por mas que esté lejos.
|
| 148 |
Díjole
entonces el paciente divinal Odiseo:
|
| 149 |
¡Oh
amigo! Ya que a todo te niegas, asegurando que aquél no ha
de volver, y tu ánimo permanece incrédulo; no sólo
quiero repetirte, sino hasta jurarte, que Odiseo volverá.
Por albricias de la buena nueva revestidme de un manto y una túnica,
que sean hermosas vestiduras, tan presto como aquél llegue
a su palacio; pues antes nada aceptaría, no obstante la gran
necesidad en que me veo. Me es tan odioso como las puertas del Hades
a aquel que, cediendo a la miseria refiere embustes.
|
| 158 |
Sean
testigos primeramente Zeus entre los dioses y luego la mesa hospitalaria
y el hogar del intachable Odiseo a que he llegado, de que todo se
cumplirá como lo digo: Odiseo vendrá aquí este
mismo año; al terminar el corriente mes y comenzar el otro
volverá a su casa, y se vengará de quien ultraje a
su mujer y a su preclaro hijo.
|
| 165 |
Y
tú le contestaste así, porquerizo Eumeo:
|
| 166 |
¡Oh
anciano! Ni tendré que pagar albricias por la buena nueva,
ni Odiseo tornará a su casa; pero bebe tranquilo, cambiemos
de conversación y no me traigas tal asunto a la memoria,
que el ánimo se me aflige en el pecho cada vez que oigo mentar
a mi venerable señor. No hagamos caso del juramento y preséntese
Odiseo, como yo quisiera y también Penelopea, el anciano
Laertes y Telémaco, semejante a los dioses.
|
| 174 |
Por
este niño me lamento ahora sin cesar, por Telémaco,
a quien engendró Odiseo; como las deidades le criaran a par
de un pimpollo, pensé que más adelante no sería
entre los hombres inferior a su padre, sino tan digno de admiración
por su cuerpo y su gentileza; mas, habiéndole trastornado
alguno de los inmortales o de los hombres el buen juicio de que
disfrutaba, se ha ido a la divina Pilos en busca de noticias de
su progenitor, y los ilustres pretendientes le preparan asechanzas
para cuando torne, a fin de que desaparezca de Itaca sin gloria
alguna el linaje de Arcesio, semejante a los dioses. Pero dejémosle,
ora sea capturado, ora logre escapar porque el Cronida extiende
su brazo encima de él.
|
| 185 |
Ea,
anciano, refiéreme tus cuitas, y dime la verdad de esto para
que yo me entere: ¿Quién eres y de qué país
procedes? ¿Dónde se halla tu ciudad y tus padres?
¿En qué embarcación llegaste? ¿Cómo
los marineros te trajeron a Itaca? ¿Quienes se precian de
ser? Pues no me figuro que hayas venido andando.
|
| 191 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
|
| 192 |
De
todo esto voy a informarte circunstanciadamente. Si tuviéramos
comida y dulce vino para mucho tiempo, y nos quedásemos a
celebrar festines en esta cabaña mientras los demás
fueran al trabajo, no me sería fácil referirte en
todo el año cuantos pesares ha padecido mi alma por la voluntad
de los dioses.
|
| 199 |
Por
mi linaje, me precio de ser natural de la espaciosa Creta, donde
tuve por padre un varón opulento. Otros muchos hijos le nacieron
también y se criaron en el palacio, todos legítimos,
de su esposa, pero a mi me parió una mujer comprada, que
fue su concubina; pero guardábame igual consideración
que a sus hijo legítimos Cástor Hilácida, cuyo
vástago me glorio ser, y a quien honraban los cretenses como
a un dios por su felicidad, por sus riquezas y por su gloriosa prole.
Cuando las Moiras de la muerte se lo llevaron a la morada de Hades,
sus hijos magnánimos partieron entre sí las riquezas
echando suertes sobre ellas, y me dieron muy poco, asignándome
una casa. Tomé mujer de gente muy rica, por sólo mi
valor; que no era yo despreciable ni tímido en la guerra.
Ahora ya todo lo he perdido; esto no obstante, viendo la paja conocerás
la mies, aunque me tiene abrumado un gran infortunio. Diéronme
Ares y Atenea audacia y valor para destruir las huestes de los contrarios,
y en ninguna de las veces que hube de elegir los hombres de más
bríos y llevarlos a una emboscada, maquinando males contra
los enemigos, mi ánimo generoso me puso la muerte ante los
ojos; sino que arrojándome a la lucha mucho antes que nadie,
era quien primero mataba con la lanza al enemigo que no me aventajase
en la ligereza de sus pies. De tal modo me portaba en la guerra.
No me gustaban las labores campestres, ni el cuidado de la casa
que cría hijos ilustres, sino tan solamente las naves con
sus remos, los combates, los pulidos dardos y las saetas; cosas
tristes y horrendas para los demás y gratas para mi, por
haberme dado algún dios esa inclinación; que no todos
hallamos deleite en las mismas acciones. Ya antes que los aqueos
pusieran el pie en Troya, había capitaneado nueve veces hombres
y naves de ligero andar contra extranjeras gentes, y todas las cosas
llegaban a mis manos en gran abundancia. De ellas me reservaba las
más agradables y luego me tocaban muchas por suerte; de manera
que, creciendo mi casa con rapidez, fui poderoso y respetado entre
los cretenses.
|
| 235 |
Mas
cuando dispuso el largovidente Zeus aquella expedición odiosa,
en la cual a tantos varones les quebraron las rodillas, se nos mandó
a mi y al perínclito Idomeneo que fuéramos capitanes
de los bajeles que iban a Ilión, y no hubo medio de negarse
por el temor de adquirir mala fama entre el pueblo.
|
| 240 |
Allá
peleamos los aqueos nueve años, y al décimo, asolada
por nosotros la ciudad de Príamo, partimos en las naves hacia
nuestras casas; pero un dios disperso a los aqueos.
|
| 243 |
Y
el próvido Zeus meditó males contra mi, desgraciado,
que estuve holgando un mes tan solo con mis hijos, mi legítima
esposa y mis riquezas; pues luego incitóme el ánimo
a navegar hacia Egipto, preparando debidamente los bajeles con los
compañeros iguales a los dioses. Equipé nueve barcos
y pronto se reunió la gente necesaria.
|
| 249 |
Seis
días pasaron mis fieles compañeros celebrando banquetes
y yo les deparé muchas víctimas para los sacrificios
y para su propia comida.
|
| 252 |
Al
séptimo subimos a los barco; y, partiendo de la espaciosa
Creta, navegamos al soplo de un próspero y fuerte Bóreas,
con igual facilidad que si nos llevara la corriente. Ninguna de
las naves recibió daño y todos estábamos en
ellas sanos y salvos, pues el viento y los pilotos las conducían.
En cinco días llegamos al río Egipto, de hermosa corriente,
en el cual detuve las corvas naves. Entonces, después de
mandar a los fieles compañeros que se quedasen a custodiar
las embarcaciones, envié espías a los lugares oportunos
para explorar la comarca. Pero los míos, cediendo a la insolencia
por seguir su propio impulso, empezaron a devastar los hermosos
campos de los egipcios; y se llevaban las mujeres y los niños,
y daban muerte a los varones. No tardó el clamoreo en llegar
a la ciudad. Sus habitantes, habiendo oído los gritos, vinieron
al amanecer: el campo se llenó de infantería, de caballos
y de reluciente bronce; Zeus, que se huelga con el rayo, envió
a mis compañeros la perniciosa fuga; y ya, desde aquel momento,
nadie se atrevió a resistir, pues los males nos cercaban
por todas partes. Allí nos mataron con el agudo bronce muchos
hombres, y a otros se los llevaron vivos para obligarles a trabajar
en pro de los ciudadanos. A mí el mismo Zeus púsome
en el alma esta resolución -ojalá me hubiese muerto
entonces y se hubiera cumplido mi hado allí, en Egipto, pues
la desgracia tenía que perseguirme aún- al instante
me quité de la cabeza el bien labrado yelmo y de los hombros
el escudo, arrojé la lanza lejos de las manos y me fui hacia
los corceles del rey, a quien abracé por las rodillas, besándoselas.
El rey me protegió y salvó; pues haciéndome
subir al carro en que iba montado me condujo a su casa, mientras
mis ojos despedían lágrimas. Acometiéronme
muchísimos con sus lanzas de fresno e intentaron matarme
porque estaban muy irritados; pero aquél los apartó
temiendo la cólera de Zeus hospitalario, el cual se indigna
en gran manera por las malas acciones.
|
| 285 |
Allí
me detuve siete años y junté muchas riquezas entre
los egipcios, pues todos me daban alguna cosa. Mas, cuando llegó
el octavo, presentóse un fenicio muy trapacero y falaz, que
ya había causado a otros hombres multitud de males; y, persuadiéndome
con su ingenio llevóme a Fenicia donde se hallaban su casa
y sus bienes. Estuve con él un año entero; y tan pronto
como, transcurriendo el año, los meses y los días
del mismo se acabaron y las estaciones volvieron a sucederse, urdió
otros engaños y me llevó a la Libia en su nave, surcadora
del ponto, con el aparente fin de que le ayudase a conducir sus
mercancías, pero en realidad, para venderme allí por
un precio cuantioso. Tuve que seguirle, aunque ya sospechaba algo,
y me embarqué en su nave. Corría ésta por el
mar al soplo de un próspero y fuerte Bóreas, a la
altura de Creta; y en tanto meditaba Zeus como a la perdición
lo llevaría.
|
| 301 |
Cuando
hubimos dejado a Creta y ya no se divisaba tierra alguna, sino tan
solamente el cielo y el mar, Zeus colocó por cima de la cóncava
embarcación una parda nube, debajo de la cual se obscureció
el ponto, despidió un trueno y al propio tiempo arrojó
un rayo en nuestra nave; ésta se estremeció al ser
herida por el rayo de Zeus, llenándose del olor del azufre;
y mis hombres cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje alrededor
del negro bajel como cornejas, y un dios les privó de la
vuelta a la patria.
|
| 310 |
Pero
a mí, aunque afligido en el ánimo, el propio Zeus
echóme en las manos el mástil larguísimo de
la nave de azulada proa, para que aun entonces escapase de la desgracia.
Abrazado con él fui juguete de los perniciosos vientos durante
nueve días, y al décimo en una noche obscura, ingente
ola me arrojó a la tierra de los
tesprotos.
Allí el héroe Fidón, rey de los tesprotos,
acogióme graciosamente pues habiéndose presentado
su hijo donde yo me encontraba, me levantó con su mano y
me llevó a la mansión del padre, cuando ya me rendían
el frío y el cansancio, y me entregó un manto y una
túnica para que me vistiera.
|
| 321 |
Allí
me hablaron de Odiseo: participóme el rey que le estaba dando
amistoso acogimiento y que ya el héroe iba a volver a su
patria tierra; y me mostró todas las riquezas que Odiseo
había juntado en bronce, oro y labrado hierro, con las cuales
pudieran mantenerse un hombre y sus descendientes hasta la décima
generación: ¡tantas alhajas tenía en el palacio
de aquel monarca!
|
| 327 |
Añadió
que Odiseo se hallaba en Dodona para saber por la alta encina la
voluntad de Zeus sobre si convendría que volviese manifiesta
o encubiertamente al rico país de Itaca, del cual se había
ausentado hacía mucho tiempo. Y juró en mi presencia,
ofreciendo libaciones en su casa, que ya habían echado la
nave al mar y estaban a punto los compañeros para conducirlo
a su patria tierra. Pero antes despidióme a mi, porque se
ofreció casualmente una nave de marineros tesprotos que iba
a Duliquio, la abundosa en trigo. Mandóles que me llevasen
con toda solicitud al rey Acasto: mas a ellos les plugo tomar una
perversa resolución, para que aún me cayeran encima
toda suerte de desgracias e infortunios. Así que la nave
surcadora del ponto estuvo muy distante de la tierra, decidieron
que hubiese llegado para mí el día de la esclavitud:
y, desnudándome del manto y de la túnica que llevaba
puestos, vistiéronme estos miserables andrajos y esta túnica,
llenos de agujeros, que ahora contemplas con tus ojos. Por la tarde
vinimos a los campos de Itaca, que se ve desde lejos; en llegando
atáronme fuertemente a la nave de muchos bancos con una soga
retorcida, y acto continuo saltaron en tierra y tomaron la cena
a orillas del mar. Pero los propios dioses desligáronme fácilmente
las ataduras; y entonces, liándome yo los andrajos a la cabeza,
me deslicé por el pulido timón, di a la mar el pecho,
nadé con ambas manos, y muy pronto me hallé alejado
de aquellos y fuera de su alcance. Salí del mar adonde hay
un bosque de florecientes encinas y me quedé echado en tierra;
ellos no cesaban de agitarse y de proferir hondos suspiros, pero
al fin no les pareció ventajoso continuar la busca y tornaron
a la cóncava nave; y los dioses me encubrieron con facilidad
y me trajeron a la majada de un varón prudente, porque quiere
el hado que mi vida sea más larga.
|
| 360 |
Y
tú le respondiste así, porquerizo Eumeo:
|
| 361 |
¡Ah,
el mas afortunado de los huéspedes! Me has conmovido hondamente
el ánimo al relatarme tan en particular cuanto padeciste
y cuanto erraste de una parte a otra. Pero no me parece que hayas
hablado como debieras en lo referente a Odiseo, ni me convencerás
con tus palabras. ¿Qué es lo que te obliga, siendo
cual eres, a mentir inútilmente? Sé muy bien a qué
atenerme en orden a la vuelta de mi señor, el cual debió
de serles muy odioso a todas las deidades cuando éstas no
quisieron que acabara sus días entre los teucros, ni en brazos
de sus amigos después que terminó la guerra; pues
entonces todos los aqueos le habrían erigido un túmulo
y hubiera alcanzado para su hijo una gloria inmensa. Ahora desapareció
sin fama, arrebatado por las Harpías. Mas yo vivo apartado,
junto a los puercos, y sólo voy a la ciudad cuando la prudente
Penelopea me llama porque le traen de alguna parte cualquier noticia:
sentados los de allá junto al recién venido, hácenle
toda suerte de preguntas, así los que se entristecen por
la prolongada ausencia del rey, como los que de ella se regocijan
porque devoran impunemente sus bienes; pero a mí no me place
escudriñar ni preguntar cosa alguna desde que me engañó
con sus palabras un hombre etolo, el cual, habiendo vagado por muchas
regiones a causa de un homicidio, llegó a mi morada y le
traté afectuosamente. Aseguró que había visto
a Odiseo en Creta, junto a Idomeneo, donde reparaba el daño
que en sus embarcaciones habían causado las tempestades;
y dijo que llegaría hacia el verano o el otoño con
muchas riquezas, y juntamente con los compañeros iguales
a los dioses. Y tú, oh viejo que tantos males padeciste,
ya que un dios te ha traído a mi casa, no quieras congraciarte
y halagarme con embustes; que no te respetaré ni te querré
por eso, sino por el temor de Zeus hospitalario y por la compasión
que me das.
|
| 390 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
|
| 391 |
Muy
incrédulo es, en verdad, el ánimo que en tu pecho
se entierra, cuando ni con el juramento he podido lograr que de
mí te fiases y creyeses cuanto te dije. Mas, ea, hagamos
un convenio y por cima de nosotros sean testigos los dioses, que
en el Olimpo tienen su morada. Si tu señor volviere a esta
casa, me darás un manto y una túnica para vestirme
y me enviarás a Duliquio, que es el lugar adonde a mi ánimo
le place ir; y si no volviere como te he dicho, incita contra mí
a tus criados, y arrójame de elevada peña, a fin de
que los demás pordioseros se abstengan de engañarte.
|
| 401 |
Respondióle
el divinal porquerizo:
|
| 402 |
¡Oh
huésped! Buena fama y opinión de virtud ganara entre
los hombres ahora y en lo sucesivo, si, después de traerte
a mi cabaña y de presentarte los dones de la hospitalidad,
te fuera a matar, privándote de la vida. ¡Con qué
disposición rogaría a Zeus Cronión! Pero ya
es hora de cenar: ojalá viniesen pronto los compañeros,
para que aparejáramos dentro de la cabaña una agradable
cena.
|
| 409 |
Así
éstos conversaban. Entre tanto acercáronse los puercos
con sus pastores, quienes encerraron las marranas en las pocilgas,
para que durmiesen, y un gruñido inmenso se dejó oír
mientras los puercos se acomodaban en los establos. Entonces el
divinal porquerizo dio esta orden a sus compañeros:
|
| 414 |
Traed
el mejor de los puercos para que lo sacrifique en honra de este
forastero venido de lejanas tierras y nos sea de provecho a nosotros,
que ha mucho tiempo que nos fatigamos por los cerdos de blanca dentadura
y otros se comen impunemente el fruto de nuestros afanes.
|
| 418 |
Diciendo
así, cortó leña con el despiadado bronce, mientras
los pastores introducían un gordísimo puerco de cinco
años que dejaron junto al hogar; y el porquerizo no se olvidó
de los inmortales, pues tenía buenos sentimientos: ofrecióles
las primicias arrojando en el fuego algunas cerdas de la cabeza
del puerco de blanca dentadura, y pidió a todos los dioses
que el prudente Odiseo volviera a su casa. Después alzó
el brazo y con un tronco de encina que había dejado al cortar
leña hirió al puerco que cayó exánime.
Ellos lo degollaron, lo chamuscaron y seguidamente lo partieron
en pedazos. El porquerizo empezó tomando una parte de cada
miembro del animal, envolvió en pingüe grasa los trozos
crudos y, polvoreándolos de blanca harina, los echó
en el fuego. Dividieron lo restante en pedazos más chicos
que espetaron en los asadores, los asaron cuidadosamente y, retirándolos
del fuego, los colocaron todos juntos encima de la mesa. Levantóse
a hacer partes el porquerizo, cuya mente tanto apreciaba la justicia,
y, dividiendo los trozos, formó siete porciones: ofreció
una a las ninfas y a Hermes, hijo de Maya, a quienes dirigió
votos, y distribuyó las demás a los comensales, honrando
a Odiseo con el ancho lomo del puerco de blanca dentadura, cual
obsequio alegróle el espíritu a su señor.
|
| 439 |
En
seguida el ingenioso Odiseo le habló diciendo:
|
| 440 |
¡Ojalá
seas, oh Eumeo, tan caro al padre Zeus como a mí mismo, pues,
aun estando como estoy me honras con excelentes dones.
|
| 442 |
Y
tú le respondiste, así, porquerizo Eumeo:
|
| 443 |
Come,
oh el más infortunado de los huéspedes, y disfruta
de lo que tienes adelante; pues la divinidad te dará esto
y te rehusará aquella, según le plegue a su ánimo
puesto que es todopoderosa.
|
| 446 |
Dijo,
sacrificó las primicias a los sempiternos dioses y, libando
el negro vino, puso la copa en manos de Odiseo, asolador de ciudades,
que junto a su porción estaba sentado.
|
| 449 |
Repartióles
el pan Mesaulio, a quien el porquerizo había adquirido por
sí solo, en la ausencia de su amo y sin ayuda de su dueña
ni del anciano Laertes, comprándolo a unos tafios con sus
propios bienes. Todos metieron mano en las viandas que tenían
delante. Y así que hubieron satisfecho el deseo de comer
y de beber, Mesaulio quitó el pan, y ellos, hartos de pan
y de carne, fuéronse sin dilación a la cama.
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Sobrevino
una noche mala y sin luna, en la cual Zeus llovió sin cesar,
y el lluvioso Céfiro sopló continuamente y con gran
furia. Y Odiseo habló del siguiente modo, tentando al porquerizo
a fin de ver si se quitaría el manto para dárselo
o exhortaría a alguno de los compañeros a que así
lo hiciesen, ya que tan gran cuidado con él tenía.
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¡Oídme
ahora, Eumeo y demás compañeros! Voy a proferir algunas
palabras para gloriarme, que a ello me impulsa el perturbador vino;
pues hasta al más sensato le hace cantar y reír blandamente,
le incita a bailar y le mueve a revelar cosas que más conviniera
tener calladas. Pero, ya que empecé a hablar, no callaré
lo que me resta decir. ¡Ojalá fuese tan joven y mis
fuerzas tan robustas, como cuando guiábamos al pie del muro
de Troya la emboscada previamente dispuesta. Eran sus capitanes
Odiseo y el Atrida Menelao, y yo iba como tercer jefe, pues ellos
mismos me lo ordenaron. Tan pronto como llegamos cerca de la ciudad
y de su alto muro, nos tendimos en unos espesos matorrales, entre
las cañas de un pantano, acurrucándonos debajo de
las armas.
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| 475 |
Sobrevino
una noche mala, glacial; porque soplaba el Bóreas, caía
de lo alto una nieve menuda y fría, como escarcha, y condensábase
el hielo en torno de los escudos. Los demás, que tenían
mantos y túnicas, estaban durmiendo tranquilamente con las
espaldas cubiertas por los escudos; pero yo, al partir, cometí
la necedad de entregar el manto a mis compañeros, porque
no pensaba que hubiera de padecer tanto frío, y eché
a andar con solo el escudo y una espléndida cota.
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| 483 |
Mas,
tan luego como la noche hubo llegado a su último tercio y
ya los astros declinaban, toqué con el codo a Odiseo, que
estaba cerca y me atendió muy pronto, y díjele de
esta guisa:
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| 486 |
"¡Laertíada,
del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! Ya no me
contarán en el número de los vivientes, porque el
frío me rinde. No tengo manto. Engañóme algún
dios, cuando partí con la sola túnica, y ahora no
hallo medio alguno para escapar con vida".
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| 490 |
Así
me expresé. Pronto se le ofreció a su ánimo
una treta, siendo como era tan señalado en aconsejar como
en combatir; y, hablándome quedo, pronunció estas
palabras:
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| 493 |
"¡Calla!
No sea que te oiga alguno de los
aqueos"
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| 494 |
Dijo;
y, apoyándose en el codo, levantó la cabeza y comenzó
a hablar de esta manera:
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| 495 |
"¡Oídme,
amigo! Un sueño divinal se me ofreció mientras dormía.
Como estamos tan lejos de las naves vaya alguno a decirle al Atrida
Agamemnón, pastor de hombres, si nos enviará más
guerreros de junto a las naves". Así dijo; y levantándose
con presteza Toante, hijo de Andremón, tiró el purpúreo
manto y se fue corriendo hacia las naves. Me envolví en su
vestido, me acosté alegremente y en seguida aparecía
Eos de áureo trono. Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas
se hallaran tan robustas como entonces, pues alguno de los porquerizos
de esta cuadra me daría su manto por amistad y por respeto
a un valiente; mas ahora me desprecian porque cubren mi cuerpo miserables
vestidos.
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| 507 |
Y
tú le respondiste, porquerizo Eumeo:
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| 508 |
¡Oh
viejo! El relato que acabas de hacer es irreprensible, y nada has
dicho que sea inútil o inconveniente: por esto no carecerás
ni de vestido ni de cosa alguna que deba obtener el infeliz suplicante
que nos sale al encuentro; mas, apenas amanezca, tornarás
a sacudir tus andrajos, pues aquí no tenemos mantos y túnicas
para mudarnos, sino que cada cual lleva puestos los suyos. Y cuando
venga el caro hijo de Odiseo, te dará un manto y una túnica
para vestirte y te conducirá adonde tu corazón y tu
ánimo deseen.
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| 518 |
Dichas
estas palabras, se levantó, puso cerca del fuego una cama
para el huésped y la llenó de pieles de oveja y de
cabras. Odiseo se tendió en ella y Eumeo echóle un
manto muy tupido y ancho que guardaba para mudarse siempre que alguna
recia tempestad le sobrecogía.
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523 |
De
este modo se acostó Odiseo y cerca de él los jóvenes
pastores; mas al porquerizo no le plugo tener allí su cama
y dormir apartado de los puercos: sino que se armó y se dispuso
a salir, y holgóse Odiseo al ver con qué solicitud
le cuidaba los bienes durante su ausencia. Eumeo empezó colgando
de sus robustos hombros la aguda espada; vistióse después
un manto muy grueso, reparó contra el viento; tomó
en seguida la piel de una cabra grande y bien nutrida; y finalmente,
asió un agudo dardo para defenderse de los canes y de los
hombres. Y se fue a acostar en la concavidad de una elevada peña,
donde los puercos de blanca dentadura dormían al abrigo del
Bóreas. |
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