| 1 |
Eos
se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titonio, para llevar
la luz a los inmortales y a los mortales, cuando los dioses se reunieron
en junta, sin que faltara Zeus altitonante cuyo poder es grandísimo.
Y Atenea, trayendo a la memoria los muchos infortunios de Odiseo,
los refirió a las deidades; interesándose por el héroe,
que se hallaba entonces en el palacio de la ninfa:
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| 7 |
¡Padre
Zeus, bienaventurados y sempiternos dioses! Ningún rey, que
empuñe cetro, sea benigno, ni blando, ni suave, ni emplee
el entendimiento en cosas justas, antes, por el contrario, proceda
siempre con crueldad y lleve al cabo acciones nefandas; ya que nadie
se acuerda del divino Odiseo, entre los ciudadanos sobre los cuales
remaba con blandura de padre. Hállase en una isla atormentado
por fuertes pesares: en el palacio de la ninfa Calipso, que le detiene
por fuerza; y no le es posible llegar a su patria porque le faltan
naves provistas de remos y compañeros que le conduzcan por
el ancho dorso del mar. Y ahora quieren matarle el hijo amado así
que torne a su casa, pues ha ido a la sagrada Pilos
y a la divina Lacedemonia
en busca de noticias de su padre.
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21 |
Respondióle
Zeus, que amontona las nubes:
¡Hija
mía! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco
de los dientes! ¿No formaste tú misma ese proyecto:
que Odiseo, al tornar a su tierra, se vengaría de aquéllos?
Pues acompaña con discreción a Telémaco, ya
que puedes hacerlo, a fin de que se restituya incólumne a
su patria y los pretendientes que están en la nave tengan
que volverse.
|
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| 28 |
Dijo,
y dirigiéndose a Hermes, su hijo amado, hablóle de
esta suerte:
¡Hermes!
Ya que en lo demás eres tú el mensajero, ve a decir
a la ninfa de hermosas trenzas nuestra firme resolución -que
el paciente Odiseo torne a su patria- para que el héroe emprenda
el regreso sin ir acompañado ni por los dioses ni por los
mortales hombres: navegando en una balsa hecha con gran número
de ataduras, llegará en veinte días y padeciendo trabajos
a la fértil
Esqueria,
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|
| |
a
la tierra de los
feacios,
que por su linaje son cercanos a los dioses; y ellos le honrarán
cordialmente como a una deidad, y le enviarán en un bajel
a su patria tierra, después de regalarle bronce, oro en abundancia,
vestidos, y tantas cosas como jamás sacara de Troja si llegase
indemne y habiendo obtenido la parte de botín que le correspondiese.
Dispuesto está por la Moira que Odiseo vea a sus amigos y
llegue a su casa de alto techo y a su patria.
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| 43 |
Así
dijo. El mensajero Argifontes no fue desobediente; al punto ató
a sus pies los áureos divinos talares, que le llevaban sobre
el mar y sobre la tierra inmensa con la rapidez del viento, y tomó
la vara con la cual adormece los ojos de los hombres que quiere
o despierta a los que duermen. Teniéndola en las manos, el
poderoso Argifontes emprendió el vuelo y, al llegar a la
Pieria,
bajó del éter al ponto y comenzó a volar rápidamente
sobre las olas, como la gaviota que, pescando peces en los grandes
senos del mar estéril, moja en el agua del mar sus tupidas
alas: tal parecía Hermes mientras volaba por encima del gran
oleaje.
|
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| 55 |
Cuando
hubo arribado a aquella isla tan lejana, salió del violáceo
ponto, saltó en tierra, prosiguió su camino hacia
la vasta gruta donde moraba la ninfa de hermosas trenzas, y hallóla
dentro. Ardía en el hogar un gran fuego, y el olor del hendible
cedro y de la tuya, que en él se quemaban, difundíase
por la isla hasta muy lejos; mientras ella, cantando con voz hermosa,
tejía en el interior con lanzadera de oro. Rodeando la gruta,
había crecido una verde selva de chopos, álamos y
cipreses olorosos donde anidaban aves de luengas alas: búhos,
gavilanes y cornejas marinas, de ancha lengua, que se ocupaban en
cosas del mar.
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|
| 68 |
Allí
mismo, junto a la honda cueva, extendíase una viña
floreciente, cargada de uvas; y cuatro fuentes manaban muy cerca
la una de la otra, dejando correr en varias direcciones sus aguas
cristalinas. Veíanse en contorno verdes y amenos prados de
violetas y apio; y, al llegar allí, hasta un inmortal se
hubiese admirado, sintiendo que se le alegraba el corazón.
|
|
| 75 |
Detúvose
el Argifontes a contemplar aquello; y después de admirarlo,
penetró en la ancha gruta, y fue conocido por Calipso, la
divina entre las diosas, desde que a ella se presentó -que
los dioses inmortales se reconocen mutuamente aunque vivan apartados-;
pero no halló al magnánimo Odiseo, que estaba llorando
en la ribera, donde tantas veces, consumiendo su ánimo con
lágrimas, suspiros y dolores, fijaba los ojos en el ponto
estéril y derramaba copioso llanto. Y Calipso, la divina
entre las diosas, hizo sentar a Hermes en espléndido y magnífico
sitial, y preguntóle de esta suerte:
|
|
| 87 |
¿
Por qué, oh Hermes, el de la áurea vara, venerable
y caro, vienes a mi morada? Antes no solías frecuentarla.
Di que deseas, pues mi ánimo me impulsa a ejecutarlo si de
mí depende y es ello posible. Pero sígueme, a fin
de que te ofrezca los dones de la hospitalidad.
|
|
| 92 |
Habiendo
hablado de semejante modo, la diosa púsole delante una mesa,
que había llenado de ambrosía y mezcló el rojo
néctar. Allí bebió y comió el mensajero
de Argifontes. Y cuando hubo cenado y repuesto su ánimo con
la comida, respondió a Calipso con estas palabras:
|
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| 97 |
Me
preguntas, oh diosa, a mi, que soy dios, por qué he venido.
Voy a decírtelo con sinceridad, ya que así lo mandas.
Zeus me ordenó que viniese, sin que yo lo deseara: ¿quién
pasaría de buen grado tanta agua salada que ni decirse puede,
mayormente no habiendo por ahí ninguna ciudad en que los
mortales hagan sacrificios a los dioses y les inmolen selectas hecatombes?
Mas no le es posible a ningún dios ni traspasar ni dejar
sin efecto la voluntad de Zeus, que lleva la égida. Dice
que está contigo un varón, que es el más infortunado
de cuantos combatieron alrededor de la ciudad de Príamo durante
nueve años y, en el décimo, habiéndola: destruido,
tornaron a sus casas; pero en la vuelta ofendieron a Atenea, y la
diosa hizo que se levantara un viento desfavorable e hinchadas olas.
En estas hallaron la muerte sus esforzados compañeros; y
a él trajéronlo acá el viento y el oleaje.
Y Zeus te manda que a tal varón le permitas que se vaya cuanto
antes: porque no es su destino morir lejos de los suyos, sino que
la Moira tiene dispuesto que los vuelva a ver, llegando a su casa
de elevada techumbre y a su patria tierra.
|
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| 116 |
Así
dijo. Estremecióse Calipso, la divina entre las diosas, y
respondió con estas aladas palabras:
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|
| 118 |
Sois,
oh dioses, malignos y celosos como nadie, pues sentís envidia
de las diosas que no se recatan de dormir con el hombre a quien
han tomado por esposo. Así, cuando Eos de rosáceos
dedos arrebató a Orión le tuvisteis envidia vosotros
los dioses, que vivís sin cuidados, hasta que la casta Artemis,
la de trono de oro, lo mató en
Ortigia
alcanzándole con sus dulces flechas. Asimismo, cuando Deméter,
la de hermosas trenzas. Cediendo a los impulsos de su corazón,
juntóse en amor y cama con Yasión en una tierra noval
labrada tres veces, Zeus, que no tardó en saberlo, mató
al héroe hiriéndole con el ardiente rayo, y así
también me tenéis envidia, oh dioses, porque está
conmigo un hombre mortal; a quien salvé cuando bogaba solo
y montado en una quilla, después que Zeus le hendió
la nave, en medio del vinoso ponto, arrojando contra la misma el
ardiente rayo. Allí acabaron la vida sus fuertes compañeros;
mas a él trajéronlo acá el viento y el oleaje.
Y le acogí amigablemente, le mantuve y díjele a menudo
que le haría inmortal y libre de la vejez por siempre jamás.
Pero, ya que no le es posible a ningún dios ni transgredir
ni dejar sin efecto la voluntad de Zeus, que lleva la égida,
váyase aquél por el mar estéril, si ése
le incita y se lo manda; que yo no le he de despedir -pues no dispongo
de naves provistas de remos, ni puedo darle compañeros que
le conduzcan por el ancho dorso del mar-, aunque le aconsejaré
de muy buena voluntad, sin ocultarle nada, para que llegue sano
y salvo a su patria tierra.
|
|
| 145 |
Replicóle
el mensajero Argifontes:
Despídele
pronto y teme la cólera de Zeus; no sea que este dios, irritándose,
se ensañe contra ti en lo sucesivo.
|
|
| 148 |
En
diciendo esto, partió el poderoso Argifontes; y la veneranda
ninfa, oído el mensaje de Zeus, fuese a buscar al magnánimo
Odiseo. Hallóle sentado en la playa, que allí se estaba,
sin que sus ojos se secasen del continuo llanto, y consumía
su dulce vida suspirando por el regreso; pues la ninfa ya no le
era grata. Obligado a pernoctar en la profunda cueva, durmiendo
con la ninfa que le quería sin que él la quisiese,
pasaba el día sentado en las rocas de la ribera del mar y
consumiendo su ánimo en lágrimas, suspiros y dolores,
clavaba los ojos en el ponto estéril y derramaba copioso
llanto. Y, pasándose cerca de él, díjole de
esta suerte la divina entre las diosas:
|
|
| 160 |
¡Desdichado!
No llores más ni consumas tu vida pues de muy buen grado
dejaré que partas. Ea, corta maderos grandes: y, ensamblándolos
con el bronce, forma una extensa balsa y cúbrela con piso
de tablas, para que te lleve por el obscuro ponto. Yo pondré
en ella pan, agua y el rojo vino, regocijador del ánimo,
que te librarán de padecer hambre; te daré vestidos
y te mandaré próspero viento, a fin de que llegues
sano y salvo a tu patria tierra si lo quieren los dioses que habitan
el anchuroso cielo; los cuales me aventajan, así en trazar
designios como en llevarlos a término.
|
|
| 171 |
Así
dijo. Estremecióse el paciente divinal Odiseo y respondió
con estas aladas palabras:
|
|
| 173 |
Algo
revuelves en tu pensamiento, oh diosa, y no por cierto mi partida,
al ordenarme que atraviese en una balsa el gran abismo del mar,
tan terrible y peligroso que no lo pasarán fácilmente
naves de buenas proporciones, veleras, animadas por un viento favorable
que les enviara Zeus. Yo no subiría en la balsa, mal de tu
grado, si no te resolvieras a prestarme firme juramento de que no
maquinarás causarme ningún otro pernicioso daño.
|
|
| 180 |
Así
habló. Sonrióse
Calipso, la divina entre las diosas; y, acariciándole con
la mano, le dijo estas palabras:
|
|
| 182 |
Eres
en verdad injusto, aunque no sueles pensar cosas livianas, cuando
tales palabras te has atrevido a proferir. Sépalo ahora la
Tierra y desde arriba el anchuroso Cielo y el agua corriente de
la Estix -que es el juramento mayor y más terrible para los
bienaventurados dioses-: no maquinaré contra ti ningún
pernicioso daño, y pienso y he de aconsejarte cuanto para
mi misma discurriera si en tan grande necesidad me viese. Mi intención
es justa, y en mi pecho no se encierra un ánimo férreo
sino compasivo.
|
|
| 192 |
Cuando
así hubo hablado, la divina entre las diosas echó
a andar aceleradamente y Odiseo fue siguiendo las pisadas de la
deidad. Llegaron a la profunda cueva la diosa y el varón,
éste se acomodó en la silla de donde se había
levantado Hermes, y la ninfa sirvióle toda clase de alimentos,
así comestibles como bebidas, de los que se mantienen los
mortales hombres. Luego sentóse ella enfrente del divino
Odiseo, y sirviéronle las criadas ambrosía y néctar.
Cada uno echó mano a las viandas que tenía delante;
y, apenas se hubieron saciado de comer y de beber, Calipso, la divina
entre las diosas, rompió el silencio y dijo:
|
|
| 203 |
¡Laertíada
del linaje de Zeus! ¡Odiseo fecundo en ardides! Así,
pues, deseas irte en seguida a tu casa y a tu patria tierra? Sé,
esto no obstante, dichoso. Pero si tu inteligencia conociese los
males que habrás de padecer fatalmente antes de llegar a
tu patria, te quedarás conmigo, custodiando esta morada,
y fueras inmortal, aunque estés deseoso de ver a tu esposa,
de la que padeces soledad todos los días. Yo me jacto de
no serle inferior ni en el cuerpo ni en el natural, que no pueden
las mortales competir con las diosas ni por su cuerpo ni por su
belleza.
|
|
| 214 |
Respondióle
el ingenioso Odiseo:
¡No
te enojes conmigo, veneranda deidad! Conozco muy bien que la prudente
Penelopea te es inferior en belleza y en estatura; siendo ella mortal
y tú inmortal y exenta de la vejez. Esto no obstante, deseo
y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día
de mi vuelta. Y si alguno de los dioses quisiera aniquilarme en
el vinoso ponto, lo sufriré con el ánimo que llena
mi pecho y tan paciente es para los dolores; pues he padecido mucho
así en el mar como en la guerra, y venga este mal tras de
los otros.
|
|
| 225 |
Así
habló. Púsose el sol y sobrevino la obscuridad. Retiráronse
entonces a lo más hondo de la profunda cueva; y allí
muy juntos hallaron en el amor contentamiento.
|
|
| 228 |
Mas,
no bien se mostró la hija de la mañana, Eos de rosáceos
dedos, vistióse Odiseo la túnica y el manto; y ella
se puso amplia vestidura, fina y hermosa, ciñó el
talle con lindo cinturón de oro, veló su cabeza y
ocupóse en disponer la partida del magnánimo Odiseo.
Dióle una gran segur que pudiera manejar, de bronce, aguda
de entrambas partes, con un hermoso astil de olivo bien ajustado:
entrególe después una azuela muy pulimentada y le
llevó a un extremo de la isla donde habían crecido
altos árboles -chopos, álamos y el abeto que sube
hasta el cielo-, todos los cuales estaban secos desde antiguo y
eran muy duros y a propósito para mantenerse a flote sobre
las aguas. Y tan presto como le hubo enseñado dónde
habían crecido aquellos grandes árboles, Calipso,
la divina entre las diosas, volvió a su morada, y él
se puso a cortar troncos y no tardó en dar fin a su trabajo.
Derribó veinte, que desbastó con el bronce, pulió
con habilidad y enderezó por medio de un nivel. Calipso,
la divina entre las diosas, trájole unos barrenos con los
cuales taladró el héroe todas las piezas que unió
luego, sujetándolas con clavos y clavijas. Cuan ancho es
el redondeado fondo de un buen navío de carga, que hábil
artífice construyera, tan grande hizo Odiseo la balsa. Labró
después la cubierta, adaptándola a espesas vigas y
dándole remate con un piso de largos tablones; puso en el
centro un mástil con su correspondiente entena, y fabricó
un timón para regir la balsa. A ésta la protegió
por todas partes con mimbres entretejidos, que fuesen reparo de
las olas, y la lastró con abundante madera. Mientras tanto
Calipso, la divina entre las diosas, trájole lienzo para
las velas; y Odiseo las construyó con gran habilidad. Y atando
en la balsa cuerdas, maromas y bolinas, echólo por medio
de unos parales al mar divino.
|
|
| 262 |
Al
cuarto día ya todo estaba terminado, y al quinto despidióle
de la isla la divina Calipso, después de lavarlo y vestirle
perfumadas vestiduras. Entrególe la diosa un pellejo de negro
vino, otro grande de agua, un saco de provisiones y muchos manjares
gratos al ánimo; y mandóle favorable y plácido
viento.
|
|
| 269 |
Gozoso
desplegó las velas el divinal 0diseo y sentándose,
comenzó a regir hábilmente la balsa con el timón,
sin que el sueño cayese en sus párpados, mientras
contemplaba las Pléyades, el Bootes, que se pone muy tarde,
y la Osa, llamada el Carro por sobrenombre, la cual gira siempre
en el mismo lugar, acecha Orión y es la única que
no se baña en el Océano; pues habíale ordenado
Calipso, la divina entre las diosas, que tuviera la Osa a la mano
izquierda durante la travesía. Diecisiete días navegó,
atravesando el mar, y al décimoctavo pudo ver los umbrosos
montes del país de los feacios
en la parte más cercana, apareciéndosele como un escudo
en medio del sombrío ponto.
|
|
| 282 |
El
poderoso Poseidón, que sacude la tierra, regresaba entonces
del país de los etíopes
y vio a Odiseo de lejos, desde los montes Solimos, pues se le apareció
navegando por el ponto. Encendióse en ira la deidad y, sacudiendo
la cabeza, habló entre sí de semejante modo:
|
|
| 286 |
¡Oh
dioses! Sin duda cambiaron las deidades sus propósitos en
orden a Odiseo, mientras yo me hallaba entre los etíopes.
Ya está junto a la tierra de los feacios, donde es fatal
que se libre del cúmulo de desgracias que le han alcanzado.
Creo, no obstante, que aún habrán de cargar sobre
él no pocos males.
|
|
| 291 |
Dijo;
y, echando mano al tridente, congregó las nube, y turbó
el mar; suscitó grandes torbellinos de toda clase de vientos;
cubrió de nubes la tierra y el ponto, y la noche cayó
del cielo. Soplaron a la vez el Euro, el Noto, el impetuoso Céfiro
y el Bóreas que, nacido en el éter, levanta grandes
olas. Entonces desfallecieron las rodillas y el corazón de
Odiseo; y el héroe, gimiendo, a su magnánimo espíritu,
así le hablaba:
|
|
| 299 |
¡Ay
de mi, desdichado; ¿qué es lo que, por fin, me va
a suceder? Temo que salgan verídicas las predicciones de
la diosa la cual me aseguraba que había de pasar grandes
trabajos en el ponto antes de volver a la patria tierra, pues ahora
todo se está cumpliendo. ¡Con qué nubes ha cerrado
Zeus el anchuroso cielo! Y ha conturbado el mar; y arrecian los
torbellinos de toda clase de vientos. Ahora me espera, a buen seguro,
una terrible muerte. ¡Oh, una y mil veces dichosos los dánaos
que perecieron en la vasta Troya,
luchando por complacer a los Atridas! ¡Así hubiera
yo muerto también, cumpliéndose mi destino, el día
en que multitud de teucros me arrojaban broncíneas lanzas
junto al cadáver del Pelión! Allí obtuviera
honras fúnebres y los aqueos
ensalzaran mi gloria: pero dispone el hado que yo sucumba con deplorable
muerte.
|
|
| 313 |
Mientras
esto decía, vino una grande ola que desde lo alto cayó
horrendamente sobre Odiseo e hizo que la balsa zozobrara. Fue arrojado
el héroe lejos de la balsa, sus manos dejaron el timón,
llegó un horrible torbellino de mezclados vientos que rompió
el mástil por la mitad, y la vela y la entena cayeron en
el ponto a gran distancia.
|
|
| 319 |
Mucho
tiempo permaneció Odiseo sumergido, que no pudo salir a flote
inmediatamente por el gran ímpetu de las olas y porque le
pesaban los vestidos que le había entregado la divinal Calipso.
Sobrenadó, por fin, despidiendo de la boca el agua amarga
que asimismo le corría de la cabeza en sonoros chorros. Mas
aunque fatigado, no perdía de vista la balsa; sino que, moviéndose
con vigor por entre las olas, la asió y se sentó en
medio de ella para evitar la muerte.
|
|
| 327 |
El gran oleaje llevaba la balsa de acá para allá,
según la corriente. Del mismo modo que el otoño al
Bóreas arrastra por la llanura unos vilanos, que entre sí
se entretejen espesos; así los vientos conducían la
balsa por el Piélago, de acá para allá: unas
veces el Noto la arrojaba al Bóreas, para que se la llevase,
y en otras ocasiones el Euro la cedía al Céfiro a
fin de que este la persiguiera.
|
|
| 333 |
Pero
vióle Ino Leucotea, hija de Cadmo, la de pies hermosos, que
antes había sido mortal dotada de voz, y entonces, residiendo
en lo hondo del mar, disfrutaba de honores divinos. Y como se apiadara
de Odiseo, al contemplarle errabundo y abrumado por la fatiga, transfigurose
en mergo, salió volando del abismo del mar y, posándose
en la balsa construida con muchas ataduras, díjole estas
palabras:
|
|
| 339 |
¡Desdichado!
¿Porqué Poseidón, que sacude la tierra, se
airó tan fieramente contigo y te está suscitando multitud
de males? No logrará anonadarte por mucho que lo anhele.
Haz lo que voy a decir, pues me figuro que no te falta prudencia:
quítate esos vestidos, deja la balsa para que los vientos
se la lleven y, nadando con las manos, procura llegar a la tierra
de los feacios, donde la Moira ha dispuesto que te salves. Toma,
extiende este velo inmortal debajo de tu pecho y no temas padecer,
ni morir tampoco. Y así que toques con tus manos la tierra
firme, quítatelo y arrójalo en el vinoso ponto, muy
lejos del continente, volviéndote a otro lado.
|
|
| 351 |
Dichas
estas palabras, la diosa le entregó el velo, y transfigurada
en mergo, tornó a sumergirse en el undoso ponto y las negruzcas
olas la cubrieron. Mas el paciente divinal Odiseo estaba indeciso
y, gimiendo, habló de esta guisa a su corazón magnánimo:
|
|
| 356 |
¡Ay
de mi! No sea que alguno de los mortales me tienda un lazo, cuando
me da la orden de que desampare la balsa. No obedeceré todavía,
que con mis ojos veo que está muy lejana la tierra donde,
según afirman, he de hallar refugio; antes procederé
de esta suerte por ser, a mi juicio, lo mejor: mientras los maderos
están sujetados por las clavijas, seguiré aquí
y sufriré los males que haya de padecer, y luego que las
olas deshagan la balsa me pondré a nadar; pues no se me ocurre
nada más provechoso.
|
|
| 365 |
Tales
cosas revolvía en su mente y en su corazón, cuando
Poseidón, que sacude la tierra, alzó una oleada tremenda,
difícil de resistir, alta como un techo, y empujóla
contra el héroe. De la suerte que impetuoso viento revuelve
un montón de pajas secas, dispersándolas por este
y por el otro lado; de la misma manera desbarató la ola los
grandes leños de la balsa. Pero Odiseo asió una de
las tablas y se puso a caballo en ella; desnudóse los vestidos
que la divinal Calipso le había regalado, extendió
prestamente el velo debajo de su pecho y se dejó caer en
el agua boca abajo, con los brazos abiertos, deseoso de nadar. Vióle
el poderoso dios que sacude la tierra y, moviendo la cabeza, habló
de semejante modo:
|
|
| 377 |
Ahora
que has padecido tantos males, vaga por el ponto hasta que llegues
a juntarte con esos hombres, alumnos de Zeus. Se me figura que ni
aun así te parecerán pocas tus desgracias.
|
|
| 380 |
Dicho
esto, picó con el látigo a los corceles de hermosas
crines y se fue a Egas,
donde posee ínclita morada.
|
|
| 382 |
Entonces
Atenea, hija de Zeus, ordenó otra cosa. Cerró el camino
a los vientos, y les mandó que se sosegaran y durmieran;
y, haciendo soplar el rápido Bóreas, quebró
las olas hasta que Odiseo, del linaje de Zeus, librándose
de la muerte y de las Moiras, llegase a los feacios,
amantes de manejar los remos.
|
|
| 388 |
Dos
días con sus noches anduvo errante el héroe sobre
las densas olas, y su corazón presagióle la muerte
en repetidos casos. Mas, tan luego como Eos, de hermosas trenzas,
dio principio al tercer día, cesó el vendaval, reinó
sosegada calma y Odiseo pudo ver, desde lo alto de una ingente ola
y aguzando mucho la vista, que la tierra se hallaba cerca. Cuan
grata se les presenta a los hijos la vida de un padre que estaba
postrado por la enfermedad y padecía graves dolores, consumiéndose
desde largo tiempo a causa de la persecución de horrendo
numen, si los dioses le libran felizmente del mal: tan agradable
apareció para Odiseo la tierra y el bosque. Nadaba pues,
esforzándose por asentar el pie en tierra firme; mas, así
que estuvo tan cercano a la orilla que hasta ella hubieran llegado
sus gritos, oyó el estrépito con que en las peñas
se rompía el mar. Bramaban las inmensas olas, azotando horrendamente
la árida costa, y todo estaba cubierto de salada espuma;
pues allí no había puertos, donde las naves se acogiesen,
ni siquiera ensenadas, sino orillas abruptas, rocas y escollos.
Entonces desmayaron las rodillas y el corazón de Odiseo,
y el héroe, gimiendo, a su magnánimo espíritu
así le hablaba:
|
|
| 408 |
¡Ay
de mi! Después que Zeus me concedió que viese inesperada
tierra, y acabe de surcar este abismo, ningún paraje descubro
por donde consiga salir del espumoso mar. Por defuera hay agudos
peñascos a cuyo alrededor braman las olas impetuosamente,
y la roca se levanta lisa; y aquí es el mar tan hondo que
no puedo afirmar los pies para librarme del mal. No sea que, cuando
me disponga a salir, ingente ola me arrebate y de conmigo en el
pétreo peñasco; y me salga en vano mi intento. Mas,
si voy nadando, en busca de una playa o de un puerto de mar, temo
que nuevamente me arrebate la tempestad y me lleve al ponto, abundante
en peces, haciéndome proferir hondos suspiros; o que una
deidad incite contra mi algún monstruo marino, como los que
cría en gran abundancia la ilustre Anfitrite; pues sé
que el ínclito dios que bate la tierra está enojado
conmigo.
|
|
| 424 |
Mientras
tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón,
una oleada lo llevó a la áspera ribera. Allí
se habría desgarrado la piel y roto los huesos, si Atenea,
la deidad de ojos de lechuza, no le hubiese sugerido en el ánimo
lo que llevó a efecto: lanzóse a la roca, la asió
con ambas manos y, gimiendo, permaneció adherido a ella hasta
que la enorme ola hubo pasado. De esta suerte la evitó; mas,
al refluir, dióle tal acometida, que lo echó en el
ponto y bien adentro. Así como el pulpo, cuando lo sacan
de su escondrijo, lleva pegadas en los tentáculos muchas
pedrezuelas; así, la piel de las fornidas manos de Odiseo
se desgarró y quedó en las rocas, mientras le cubría
inmensa ola. Y allí acabara el infeliz Odiseo contra lo dispuesto
por el hado, si Atenea, la deidad de los ojos de lechuza, no le
inspirara prudencia. Salió a flote y, apartándose
de las olas que se estrellan con estrépito en la ribera,
nadó a lo largo de la orilla, mirando a la tierra, por si
hallaba alguna playa que las olas batieran oblicuamente o algún
puerto de mar. Mas como llegase, nadando, a la boca de un río
de hermosa corriente el lugar parecióle muy a propósito
por carecer de rocas y formar un reparo contra el viento. Y conociendo
que era un río que desbalagaba, suplicóle así
en su corazón:
|
|
|
| |
|
| 445 |
¡Oyeme,
oh soberano, quienquiera que seas! Vengo a ti, tan deseado, huyendo
del ponto y de las amenazas de Poseidón. Es digno de respeto
aun para los inmortales dioses el hombre que se presenta errabundo,
como llego ahora a tu corriente y a tus rodillas después
de pasar muchos trabajos. ¡Oh, rey, apiádate de mi,
ya que me glorio de ser tu suplicante!
|
|
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Así
dijo. En seguida suspendió el río su corriente, apaciguó
las olas, mandó la calma delante de sí y salvó
a Odiseo en la desembocadura. El héroe dobló entonces
las rodillas y los fuertes brazos, pues su corazón estaba
fatigado de luchar con el mar. Tenía Odiseo todo el cuerpo
hinchado, de su boca y de su nariz manaba en abundancia el agua
del mar y, falto de aliento y de voz, quedóse tendido y sin
fuerzas porque el terrible cansancio le abrumaba.
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Cuando
ya respiró y recobró el ánimo en su corazón,
desató el velo de la diosa y arrojólo en el río,
que corría hacia el mar: llevóse el velo una ola grande
en la dirección de la corriente y pronto Ino lo tuvo en sus
manos. Odiseo se apartó del río, echóse al
pie de unos juncos, besó la fértil tierra y, gimiendo,
a su magnánimo espíritu así le hablaba:
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¡Ay
de mi! ¿Qué no padezco? ¿Qué es lo que
al fin me va a suceder? Si paso la molesta noche junto al río,
quizás la dañosa helada y el fresco rocío me
acaben y exhale yo el último aliento a causa de mi debilidad;
y una brisa glacial viene del río antes de rayar el alba.
Y si subo al collado y me duermo entre los espesos arbustos de la
selva umbría, como me dejen el frío y el cansancio
y me venga dulce sueño, temo ser presa y pasto de las fieras.
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Después
de meditarlo, se le ofreció como mejor el último lance.
Fuese, pues, a la selva que halló cerca del agua, en un altozano,
y metióse debajo de dos arbustos que habían nacido
en un mismo lugar y eran un acebuche y un olivo. Ni el húmedo
soplo de los vientos pasaba por entre ambos, ni el resplandeciente
sol los hería con sus rayos, ni la lluvia los penetraba del
todo: tan espesos y entrelazados habían crecido. Debajo de
ellos se introdujo Odiseo y al instante aparejóse con sus
manos ancha cama, pues había tal abundancia de serojas que
bastaran para abrigar a dos o tres hombres en lo más fuerte
del invierno por riguroso que fuese. Mucho holgó de verlas
el paciente divinal Odiseo, que se acostó en medio y se cubrió
con multitud de ellas.
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Así
como el que vive en remoto campo y no tiene vecinos, esconde un
tizón en la negra ceniza para conservar el fuego y no tener
que ir a encenderlo a otra parte; de esta suerte se cubrió
Odiseo con la hojarasca. Y Atenea infundióle en los ojos
dulce sueño y le cerró los párpados para que
cuanto antes se librara del penoso cansancio.
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