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Respondióle
el ingenioso Odiseo:
¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos
los ciudadanos! En verdad que es linda cosa oír a un aedo
como este, cuya voz se asemeja a la de un numen. No creo que haya
cosa tan agradable como ver que la alegría reina en todo
el pueblo y que los convidados, sentados ordenadamente en el palacio
ante las mesas, abastecidas de pan y de carnes, escuchan al aedo,
mientras el escanciador saca vino de la cratera y lo va echando
en las copas. Tal espectáculo me parece bellísimo.
Pero te movió el ánimo a desear que te cuente mis
luctuosas desdichas, para que llore aún más y prorrumpa
en gemidos. ¿Cuál cosa relataré en primer término,
cuál en último lugar, siendo tantos los infortunios
que me enviaron los celestiales dioses? Lo primero, quiero deciros
mi nombre para que lo sepáis, y en adelante, después
que me haya librado del día cruel, sea yo vuestro huésped,
a pesar de vivir en una casa que esta muy lejos. Soy Odiseo Laertíada,
tan |
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conocido de los hombres por mis astucias de toda clase; y mi gloria
llega hasta el cielo. Habito en Itaca que se ve a distancia: en
ella está el monte Nérito, frondoso y espléndido,
y en contorno hay muchas islas cercanas entre sí, como Duliquio,
Same y la selvosa Zacinto. Itaca no se eleva mucho sobre el mar,
está situada la más remota hacia el Occidente -las
restantes, algo apartadas, se inclinan hacia el Oriente y el Mediodía-
es áspera, pero buena criadora de mancebos, y yo no puedo
hallar cosa alguna que sea más dulce que mi patria. Calipso,
la divina entre las deidades, me detuvo allá, en huecas grutas,
anhelando que fuese su esposo; y de la misma suerte la dolosa Circe
de
Eea
me acogió anteriormente en su palacio, deseando también
tomarme por marido; ni aquélla ni ésta consiguieron
infundir convicción a mi ánimo. No hay cosa más
dulce que la patria y los padres, aunque se habite en una casa opulenta,
pero lejana, en país extraño, apartada de aquellos.
Pero voy a contarte mi vuelta, llena de trabajos, la cual me ordenó
Zeus desde que salí de Troya.
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| 39 |
Habiendo
partido de Ilión, llevóme el viento al país
de los cícones, a
Ismaro:
entré a saco la ciudad, maté a sus hombres y, tomando
las mujeres y las abundantes riquezas, nos lo repartimos todo para
que nadie se fuera sin su parte de botín. Exhorté
a mi gente a que nos retiráramos con pie ligero, y los muy
simples no se dejaron persuadir. Bebieron mucho vino y, mientras
degollaban en la playa gran número de ovejas y de flexípedes
bueyes de retorcidos cuernos, los cícones fueron a llamar
a otros cícones vecinos suyos; los cuales eran más
en número y más fuertes, habitaban el interior del
país y sabían pelear a caballo con los hombres y aun
a pie donde fuese preciso. Vinieron por la mañana tantos,
cuantas son las hojas y flores que en la primavera nacen; y ya se
nos presentó a nosotros, ¡oh infelices! el funesto
destino que nos había ordenado Zeus a fin de que padeciéramos
multitud de males. Formáronse nos presentaron batalla junto
a las veloces naves, y nos heríamos recíprocamente
con las broncíneas lanzas. Mientras duró la mañana
y fuese aumentando la luz del sagrado día, pudimos resistir
su arremetida, aunque eran en superior número. Mas luego,
cuando el sol se encaminó al ocaso, los cícones derrotaron
a los aqueos, poniéndolos en fuga. Perecieron seis compañeros,
de hermosas grebas, de cada embarcación, y los restantes
nos libramos de la muerte y del destino.
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| 62 |
Desde
allí seguimos adelante con el corazón triste, escapando
gustosos de la muerte aunque perdimos algunos compañeros.
Mas no comenzaron a moverse los corvos bajeles hasta haber llamado
tres veces a cada uno de los míseros compañeros que
acabaron su vida en el llano, heridos por los cícones. Zeus,
que amontona las nubes, suscitó contra los barcos el viento
Bóreas y una tempestad deshecha cubrió de nubes la
tierra y el ponto, y la noche cayó del cielo. Las naves iban
de través, cabeceando, y el impetuoso viento rasgó
las velas en tres o cuatro pedazos. Entonces las amainamos, pues
temíamos nuestra perdición; y apresuradamente, a fuerza
de remos, llevamos aquellas a tierra firme. Allí permanecimos
constantemente echados dos días con sus noches, royéndonos
el ánimo la fatiga y los pesares. Mas, al punto que Eos,
de lindas trenzas, nos trajo el día tercero, izamos los mástiles,
descogimos las blancas velas y nos sentamos en las naves, que eran
conducidas por el viento y los pilotos. Y habría llegado
incólume a la tierra patria, si la corriente de las olas
y el Bóreas, que me desviaron al doblar el cabo de Malea
no me hubieran obligado a vagar lejos de Citera.
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| 82 |
Desde
allí dañosos vientos lleváronme nueve días
por el ponto, abundante en peces, y al décimo arribamos a
la tierra de los
lotófagos,
que se alimentan con un florido manjar. Saltamos en tierra, hicimos
aguada, y pronto los compañeros empezaron a comer junto a
las veleras naves.
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| 87 |
Y
después que hubimos gustado los alimentos y la bebida, envié
algunos compañeros -dos varones a quienes escogí e
hice acompañar por un tercero que fue un heraldo- para que
averiguaran cuáles hombres comían el pan en aquella
tierra. Fuéronse pronto y juntáronse con los lotófagos,
que no tramaron ciertamente la perdición de nuestros amigos;
pero les dieron a comer loto, y cuantos probaron este fruto, dulce
como la miel, ya no querían llevar noticias ni volverse;
antes deseaban permanecer con los lotófagos, comiendo loto,
sin acordarse de volver a la patria. Mas yo los llevé por
fuerza a las cóncavas naves y, aunque lloraban, los arrastré
e hice atar debajo de los bancos. Y mandé que los restantes
fieles compañeros entrasen luego en las veloces embarcaciones:
no fuera que alguno comiese loto y no pensara en la vuelta. Hiciéronlo
en seguida y, sentándose por orden en los bancos, comenzaron
a batir con los remos el espumoso mar.
|
| 105 |
Desde
allí continuamos la navegación con ánimo afligido,
y llegamos a la tierra de los ciclopes soberbios y sin ley; quienes,
confiados en los dioses inmortales, no plantan árboles, ni
labran los campos, sino que todo les nace sin semilla y sin arada
-trigo, cebada y vides, que producen vino de unos grandes racimos-
y se lo hace crecer la lluvia enviada por Zeus.
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| 112 |
No
tienen ágoras donde se reúnan para deliberar, ni leyes
tampoco, sino que viven en las cumbres de los altos montes, dentro
de excavadas cuevas; cada cual impera sobre sus hijos y mujeres
y no se entrometen los unos con los otros.
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| 116 |
Delante
del puerto, no muy cercana ni a gran distancia tampoco de la región
de los ciclopes, hay una isleta poblada de bosque, con una infinidad
de cabras monteses, pues no las ahuyenta el paso de hombre alguno
ni van allá los cazadores, que se fatigan recorriendo las
selvas en las cumbres de las montañas. No se ven en ella
ni rebaños ni labradíos, sino que el terreno está
siempre sin sembrar y sin arar, carece de hombres, y cría
bastantes cabras. Pues los ciclopes no tienen naves de rojas proas,
ni poseen artífices que se las construyan de muchos bancos
-como las que transportan mercancías a distintas poblaciones
en los frecuentes viajes que los hombres efectúan por mar,
yendo los unos en busca de los otros-, los cuales hubieran podido
hacer que fuese muy poblada aquella isla, que no es mala y daría
a su tiempo frutos de toda especie, porque tiene junto al espumoso
mar prados húmedos y tiernos y allí la vid jamás
se perdiera. La parte inferior es llana y labradera; y podrían
segarse en la estación oportuna mieses altísimas por
ser el suelo muy pingüe. Posee la isla un cómodo puerto,
donde no se requieren amarras, ni es preciso echar ancoras, ni atar
cuerdas; pues, en aportando allí, se está a salvo
cuanto se quiere, hasta que el ánimo de los marineros les
incita a partir y el viento sopla.
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| 140 |
En
lo alto del puerto mana una fuente de agua límpida, debajo
de una cueva a cuyo alrededor han crecido álamos. Allá
pues, nos llevaron las naves, y algún dios debió de
guiarnos en aquella noche obscura en la que nada distinguíamos,
pues la niebla era cerrada alrededor de los bajeles y la luna no
brillaba en el cielo, que cubrían los nubarrones. Nadie vio
con sus ojos la isla ni las ingentes olas que se quebraban en la
tierra, hasta que las naves de muchos bancos hubieron abordado.
Entonces amainamos todas las velas, saltamos a la orilla del mar
y, entregándonos al sueño, aguardamos que amaneciera
la divina Aurora.
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| 152 |
No
bien se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos
dedos, anduvimos por la isla muy admirados. En esto las ninfas,
prole de Zeus que lleva la égida, levantaron montaraces cabras
para que comieran mis compañeros. Al instante tomamos de
los bajeles los corvos arcos y los venablos de larga punta, nos
distribuimos en tres grupos, tiramos, y muy presto una deidad nos
facilitó abundante caza. Doce eran las naves que me seguían
y a cada una le correspondieron nueve cabras, apartándose
diez para mí solo. Y ya todo el día hasta la puesta
del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo
dulce vino; que el rojo licor aun no faltaba en las naves, pues
habíamos hecho gran provisión de ánforas al
tomar la sagrada ciudad de los cícones. Estando allí
echábamos la vista a la tierra de los ciclopes, que se hallaban
cerca, y divisábamos el humo y oíamos las voces que
ellos daban, y los balidos de las ovejas y de las cabras. Cuando
el sol se puso y sobrevino la obscuridad, nos acostamos en la orilla
del mar.
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| 170 |
Mas,
así que se descubrió la hija de la mañana,
Eos de rosáceos dedos, los llamé a junta y les dije
estas razones:
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| 172 |
Quedaos
aquí, mis fieles amigos, y yo con mi nave y mis compañeros
iré allá y procuraré averiguar qué hombres
son aquéllos; si son violentos, salvajes e injustos, u hospitalarios
y temerosos de las deidades.
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177 |
Cuando
así hube hablado subí a la nave y ordené a
los compañeros que me siguieran y desataran las amarras.
Ellos se embarcaron al instante y, sentándose por orden en
los bancos, comenzaron a batir con los remos el espumoso mar. Y
tan luego como llegamos a dicha tierra, que estaba próxima,
vimos en uno de los extremos y casi tocando al mar una excelsa gruta
a la cual daban sombra algunos laureles, en ella reposaban muchos
hatos de ovejas y de cabras, y en contorno había una alta
cerca labrada con piedras profundamente hundidas, grandes pinos
y encinas de elevada copa. Allí moraba un varón gigantesco,
solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos
de los demás hombres, sin tratarse con nadie; y, apartado
de todos, ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo
horrible y no se asemejaba a los hombres que viven de pan, sino
a una selvosa cima que entre altos montes se presentase aislada
de las demás cumbres.
|
| |
| 193 |
Entonces
ordené a mis fieles compañeros que se quedasen a guardar
la nave; escogí los doce mejores y juntos echamos a andar,
con un pellejo de cabra lleno de negro y dulce vino que me había
dado Marón, vástago de Evantes y sacerdote de Apolo,
el dios tutelar de Ismaro; porque, respetándole, lo salvamos
con su mujer e hijos que vivían en un espeso bosque consagrado
a Febo Apolo. Hízome Marón ricos dones, pues me regaló
siete talentos de oro bien labrado, una cratera de plata y doce
ánforas de un vino dulce y puro, bebida de dioses, que no
conocían sus siervos ni sus esclavas, sino tan sólo
él, su esposa y una despensera. Cuando bebían este
rojo licor, dulce como la miel, echaban una copa del mismo veinte
de agua; y de la cratera salía un olor tan suave y divinal,
que no sin pena se hubiese renunciado a saborearlo. De este vino
llevaba un gran odre completamente lleno y además viandas
en un zurrón; pues ya desde el primer instante se figuró
mi ánimo generoso que se nos presentaría un hombre
dotado de extraordinaria fuerza, salvaje, e ignorante de la justicia
y de las leyes.
|
| 216 |
Pronto
llegamos a la gruta; mas no dimos con él, porque estaba apacentando
las pingües ovejas. Entramos y nos pusimos a contemplar con
admiración y una por una todas las cosas; había zarzos
cargados de quesos; los establos rebosaban de corderos y cabritos,
hallándose encerrado, separadamente los mayores, los medianos
y los recentales; y goteaba el suero de todas las vasijas, tarros
y barreños, de que se servía para ordeñar.
Los compañeros empezaron a suplicarme que nos apoderásemos
de algunos quesos y nos fuéramos, y que luego, sacando prestamente
de los establos los cabritos y los corderos, y conduciéndolos
a la velera nave, surcáramos de nuevo el salobre mar. Mas
yo no me dejé persuadir -mucho mejor hubiera sido seguir
su consejo- con el propósito de ver a aquél y probar
si me ofrecería los dones de la hospitalidad. Pero su venida
no había de serles grata a mis compañeros.
|
| 231 |
Encendimos
fuego, ofrecimos un sacrificio a los dioses, tomamos algunos quesos,
comimos, y le aguardamos, sentados en la gruta, hasta que volvió
con el ganado. Traía una gran carga de leña seca para
preparar su comida y descargóla dentro de la cueva con tal
estruendo que nosotros, llenos de temor, nos refugiamos apresuradamente
en lo más hondo de la misma. Luego metió en el espacioso
antro todas las pingües ovejas que tenía que ordeñar,
dejando a la puerta, dentro del recinto de altas paredes, los carneros
y los bucos. Después cerró la puerta con un pedrejón
grande y pesado que llevó a pulso y que no hubiesen podido
mover del suelo veintidós sólidos carros de cuatro
ruedas. ¡Tan inmenso era el peñasco que colocó
a la entrada! Sentóse enseguida, ordeñó las
ovejas y las baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a cada
una le puso su hijito. A la hora, haciendo cuajar la mitad de la
blanca leche, la amontonó en canastillos de mimbre, y vertió
la restante en unos vasos para bebérsela y así le
serviría de cena.
|
| 250 |
Acabadas
con prontitud tales faenas, encendió fuego, y al vernos,
nos hizo estas preguntas:
|
| 252 |
¡Oh
forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde
llegasteis navegando por húmedos caminos? ¿Venís
por algún negocio o andáis por el mar, a la ventura,
como los piratas que divagan, exponiendo su vida y produciendo daño
a los hombres de extrañas tierras?
|
| 256 |
Así
dijo. Nos quebraba el corazón el temor que nos produjo su
voz grave y su aspecto monstruoso. Mas, con todo eso, le respondí
de esta manera:
|
| 259 |
Somos
aqueos a quienes extraviaron, al salir de Troya, vientos de toda
clase, que nos llevan por el gran abismo del mar; deseosos de volver
a nuestra patria llegamos aquí por otra ruta, por otros caminos,
porque de tal suerte debió de ordenarlo Zeus. Nos preciamos
de ser guerreros de Agamemnón Atrida, cuya gloria es inmensa
debajo del cielo -¡tan grande ciudad ha destruido y a tantos
hombres ha hecho perecer!-, y venimos a abrazar tus rodillas por
si quisieras presentarnos los dones de la hospitalidad o hacernos
algún otro regalo, como es costumbre entre los huéspedes.
Respeta, pues, a los dioses, varón excelente; que nosotros
somos ahora tus suplicantes. Y a suplicante y forasteros los venga
Zeus hospitalario, el cual acompaña a los venerandos huéspedes.
|
| 272 |
Así
le hablé; y respondióme en seguida con ánimo
cruel:
¡Oh forastero! Eres un simple o vienes de lejanas tierras
cuando me exhortas a temer a los dioses y a guardarme de su cólera:
que los ciclopes no se cuidan de Zeus, que lleva la égida,
ni de los bienaventurados númenes, porque aun les ganan en
ser poderosos; y yo no te perdonaría ni a ti ni a tus compañeros
por temor a la enemistad de Zeus, si mi ánimo no me lo ordenase.
Pero dime en qué sitio, al venir, dejaste la bien construida
embarcación: si fue, por ventura, en lo más apartado
de la playa o en un paraje cercano, a fin de que yo lo sepa.
|
| 281 |
Así
dijo para tentarme. Pero su intención no me pasó inadvertida
a mí que sé tanto, y de nuevo le hablé con
engañosas palabras:
|
| 283 |
Poseidón,
que sacude la tierra, rompió mi nave llevándola a
un promontorio y estrellándola contra las rocas en los confines
de vuestra tierra, el viento que soplaba del ponto se la llevó
y pudiera librarme, junto con éstos, de una muerte terrible.
|
| 287 |
Así
le dije. El ciclope, con ánimo cruel, no me dio respuesta;
pero, levantándose de súbito, echó mano a los
compañeros, agarró a dos y, cual si fuesen cachorrillos
arrojólos a tierra con tamaña violencia que el encéfalo
fluyó del suelo y mojó el piso. De contado despedazó
los miembros, se aparejó una cena y se puso a comer como
montaraz león, no dejando ni los intestinos, ni la carne,
ni los medulosos huesos. Nosotros contemplábamos aquel horrible
espectáculo con lágrimas en los ojos, alzando nuestras
manos a Zeus; pues la desesperación se había señoreado
de nuestro ánimo. El ciclope, tan luego como hubo llenado
su enorme vientre, devorando carne humana y bebiendo encima leche
sola, se acostó en la gruta tendiéndose en medio de
las ovejas.
|
| 299 |
Entonces
formé en mi magnánimo corazón el propósito
de acercarme a él y, sacando la aguda espada que colgaba
de mi muslo, herirle el pecho donde las entrañas rodean el
hígado, palpándolo previamente; mas otra consideración
me contuvo. Habríamos, en efecto, perecido allí de
espantosa muerte, a causa de no poder apartar con nuestras manos
el grave pedrejón que el Ciclope colocó en la alta
entrada. Y así, dando suspiros, aguardamos que apareciera
la divina Aurora.
|
| 307 |
Cuando
se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos
dedos, el Ciclope encendió fuego y ordeñó las
gordas ovejas, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito.
Acabadas con prontitud tales faenas, echó mano a otros dos
de los míos, y con ellos se aparejó el almuerzo.
|
| 312 |
En
acabando de comer sacó de la cueva los pingües ganados,
removiendo con facilidad el enorme pedrejón de la puerta;
pero al instante lo volvió a colocar, del mismo modo que
si a un caraj le pusiera su tapa.
|
| 315 |
Mientras
el Ciclope aguijaba con gran estrépito sus pingües rebaños
hacia el monte, yo me quedé meditando siniestras trazas,
por si de algún modo pudiese vengarme y Atenea me otorgara
la victoria.
|
| 318 |
Al
fin parecióme que la mejor resolución sería
la siguiente. Echada en el suelo del establo veíase una gran
clava de olivo verde, que el Ciclope había cortado para llevarla
cuando se secase. Nosotros, al contemplarla, la comparábamos
con el mástil de un negro y ancho bajel de transporte que
tiene veinte remos y atraviesa el dilatado abismo del mar: tan larga
y tan gruesa se nos presentó a la vista. Acerquéme
a ella y corté una estaca como de una braza, que di a los
compañeros, mandándoles que la puliesen. No bien la
dejaron lisa, agucé uno de sus cabos, la endurecí,
pasándola por el ardiente fuego, y la oculté cuidadosamente
debajo del abundante estiércol esparcido por la gruta. Ordené
entonces que se eligieran por suerte los que, uniéndose conmigo
deberían atreverse a levantar la estaca y clavarla en el
ojo del Ciclope cuando el dulce sueño le rindiese. Cayóles
la suerte a los cuatro que yo mismo hubiera escogido en tal ocasión,
y me junté con ellos formando el quinto.
|
| 336 |
Por
la tarde volvió el Ciclope con el rebaño de hermoso
vellón, que venía de pacer, e hizo entrar en la espaciosa
gruta a todas las pingues reses, sin dejar a ninguna dentro del
recinto; ya porque sospechase algo, ya porque algún dios
se lo ordenara. Cerró la puerta con el pedrejón que
llevó a pulso, sentóse, ordeñó las ovejas
y las baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le
puso su hijito.
|
| 343 |
Acabadas
con prontitud tales cosas, agarró a otros dos de mis amigos
y con ellos se aparejó la cena. Entonces lleguéme
al Ciclope, y teniendo en la mano una copa de negro vino, le hablé
de esta manera:
|
| 347 |
Toma,
Ciclope, bebe vino, ya que comiste carne humana, a fin de que sepas
qué bebida se guardaba en nuestro buque. Te lo traía
para ofrecer una libación en el caso de que te apiadases
de mi y me enviaras a mi casa, pero tú te enfureces de intolerable
modo. ¡Cruel! ¿Cómo vendrá en lo sucesivo
ninguno de los muchos hombres que existen, si no te portas como
debieras?
|
| 353 |
Así
le dije. Tomó el vino y bebióselo. Y gustóle
tanto el dulce licor que me pidió más:
|
| 355 |
Dame
de buen grado más vino y hazme saber inmediatamente tu nombre
para que te ofrezca un don hospitalario con el cual huelgues. Pues
también a los Ciclopes la fértil tierra les produce
vino en gruesos racimos, que crecen con la lluvia enviada por Zeus;
mas esto se compone de ambrosía y néctar.
|
| 360 |
Así
habló, y volví a servirle el negro vino: tres veces
se lo presenté y tres veces bebió incautamente. Y
cuando los vapores del vino envolvieron la mente del Ciclope, díjele
con suaves palabras:
|
| 364 |
¡Ciclope!
Preguntas cual es mi nombre ilustre y voy a decírtelo pero
dame el presente de hospitalidad que me has prometido. Mi nombre
es Nadie; y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros
todos.
|
| 368 |
Así
le hablé; y enseguida me respondió con ánimo
cruel:
A Nadie me lo comeré al último, después
de sus compañeros, y a todos los demás antes que a
él: tal será el don hospitalario que te ofrezca.
|
| 371 |
Dijo,
tiróse hacia atrás y cayó de espaldas. Así
echado, dobló la gruesa cerviz y vencióle el sueño,
que todo lo rinde: salíale de la garganta el vino con pedazos
de carne humana, y eructaba por estar cargado de vino.
|
| 375 |
Entonces
metí la estaca debajo del abundante rescoldo, para calentarla,
y animé con mis palabras a todos los compañeros: no
fuera que alguno, poseído de miedo, se retirase. Mas cuando
la estaca de olivo, con ser verde, estaba a punto de arder y relumbraba
intensamente, fui y la saqué del fuego; rodeáronme
mis compañeros, y una deidad nos infundió gran audacia.
Ellos, tomando la estaca de olivo, hincáronla por la aguzada
punta en el ojo del Ciclope; y yo, alzándome, hacíala
girar por arriba. De la suerte que cuando un hombre taladra con
el barreno el mástil de un navío, otros lo mueven
por debajo con una correa, que asen por ambas extremidades, y aquél
da vueltas continuamente: así nosotros, asiendo la estaca
de ígnea punta, la hacíamos girar en el ojo del Ciclope
y la sangre brotaba alrededor del ardiente palo. Quemóle
el ardoroso vapor párpados y cejas, en cuanto la pupila estaba
ardiendo y sus raíces crepitaban por la acción del
fuego. Así como el broncista, para dar el temple que es la
fuerza del hierro, sumerge en agua fría una gran segur o
un hacha que rechina grandemente, de igual manera rechinaba el ojo
del Ciclope en torno de la estaca de olivo. Dió el Ciclope
un fuerte y horrendo gemido, retumbó la roca, y nosotros,
amedrentados, |
|
|
| |
huimos prestamente; mas él se arrancó la estaca, toda
manchada de sangre, arrojóla furioso lejos de sí y
se puso a llamar con altos gritos a los Ciclopes que habitaban a
su alrededor, dentro de cuevas, en los ventosos promontorios. En
oyendo sus voces, acudieron muchos, quién por un lado y quién
por otro, y parándose junto a la cueva, le preguntaron qué
le angustiaba:
|
| 403 |
¿Por
qué tan enojado, oh Polifemo, gritas de semejante modo en
la divina noche, despertándonos a todos? ¿Acaso algún
hombre se lleva tus ovejas mal de tu grado? ¿O, por ventura,
te matan con engaño o con fuerza?
|
| 407 |
Respondióles
desde la cueva el robusto Polifemo:
¡Oh, amigos! "Nadie" me mata con engaño,
no con fuerza.
|
| 409 |
Y
ellos le contestaron con estas aladas palabras:
Pues si nadie te hace fuerza, ya que estás solo, no
es posible evitar la enfermedad que envía el gran Zeus, pero,
ruega a tu padre, el soberano Poseidón.
|
| 413 |
Apenas
acabaron de hablar, se fueron todos; y yo me reí en mi corazón
de cómo mi nombre y mi excelente artificio les había
engañado. El Ciclope, gimiendo por los grandes dolores que
padecía, anduvo a tientas, quitó el peñasco
de la puerta y se sentó a la entrada, tendiendo los brazos
por si lograba echar mano a alguien que saliera con las ovejas;
¡tan mentecato esperaba que yo fuese!
|
| 420 |
Mas
yo meditaba cómo pudiera aquel lance acabar mejor y si hallaría
algún arbitrio para librar de la muerte a mis compañeros
y a mí mismo. Revolví toda clase de engaños
y de artificios, como que se trataba de la vida y un gran mal era
inminente, y al fin parecióme la mejor resolución
la que voy a decir. Había unos carneros bien alimentados,
hermosos, grandes, de espesa y obscura lana; y, sin desplegar los
labios, los até de tres en tres, entrelazando mimbres de
aquellos sobre los cuales dormía el monstruoso e injusto
Ciclope: y así el del centro llevaba a un hombre y los otros
dos iban a entre ambos lados para que salvaran a mis compañeros.
|
| 431 |
Tres
carneros llevaban por tanto, a cada varón; mas yo viendo
que había otro carnero que sobresalía entre todas
las reses, lo así por la espalda, me deslicé al vedijudo
vientre y me quedé agarrado con ambas manos a la abundantísima
lana, manteniéndome en esta postura con ánimo paciente.
Así, profiriendo suspiros, aguardamos la aparición
de la divina Aurora.
|
| 437 |
Cuando
se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos
dedos, los machos salieron presurosos a pacer, y las hembras, como
no se las había ordeñado, balaban en el corral con
las tetas retesadas. Su amo, afligido por los dolores, palpaba el
lomo a todas las reses que estaban de pie, y el simple no advirtió
que mis compañeros iban atados a los pechos de los vedijudos
animales. El último en tomar el camino de la puerta fue mi
carnero, cargado de su lana y de mí mismo, que pensaba en
muchas cosas. Y el robusto Polifemo lo palpó y así
le dijo:
|
| 447 |
¡Carnero
querido! ¿Por qué sales de la gruta el postrero del
rebaño? Nunca te quedaste detrás de las ovejas, sino
que, andando a buen paso pacías el primero las tiernas flores
de la hierba, llegabas el primero a las corrientes de los ríos
y eras quien primero deseaba volver al establo al caer de la tarde;
mas ahora vienes, por el contrario, el último de todos. Sin
duda echarás de menos el ojo de tu señor, a quien
cegó un hombre malvado con sus perniciosos compañeros,
perturbándole las mentes con el vino. Nadie, pero me figuro
que aun no se ha librado de una terrible muerte. ¡Si tuvieras
mis sentimientos y pudieses hablar, para indicarme dónde
evita mi furor! Pronto su cerebro, molido a golpes, se esparciría
acá y acullá por el suelo de la gruta, y mi corazón
se aliviaría de los daños que me ha causado ese despreciable
Nadie.
|
| 461 |
Diciendo
así, dejó el carnero y lo echó afuera. Cuando
estuvimos algo apartados de la cueva y del corral, soltéme
del carnero y desaté a los amigos. Al punto antecogimos aquellas
gordas reses de gráciles piernas y, dando muchos rodeos,
llegamos por fin a la nave.
|
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Nuestros
compañeros se alegraron de vernos a nosotros, que nos habíamos
librado de la muerte, y empezaron a gemir y a sollozar por los demás.
Pero yo haciéndoles una señal con las cejas, les prohibí
el llanto y les mandé que cargaran presto en la nave muchas
de aquellas reses de hermoso vellón y volviéramos
a surcar el agua salobre. Embarcáronse en seguida y, sentándose
por orden en los bancos, tornaron a batir con los remos el espumoso
mar.
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Y,
en estando tan lejos cuanto se deja oír un hombre que grita,
hablé al Ciclope con estas mordaces palabras:
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¡Ciclope!
No debías emplear tu gran fuerza para comerte en la honda
gruta a los amigos de un varón indefenso. Las consecuencias
de tus malas acciones habían de alcanzarte, oh cruel, ya
que no temiste devorar a tus huéspedes en tu misma morada;
por eso Zeus y los demás dioses te han castigado.
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Así
le dije; y él, airándose más en su corazón,
arrancó la cumbre de una gran montaña, arrojóla
delante de nuestra embarcación de azulada proa, y poco faltó
para que no diese en la extremidad del gobernalle. Agitóse
el mar por la caída del peñasco y las olas, al refluir
desde el ponto, empujaron la nave hacia el continente y la llevaron
a tierra firme. Pero yo, asiendo con ambas manos un larguísimo
botador, echéla al mar y ordené a mis compañeros,
haciéndoles con la cabeza silenciosa señal, que apretaran
con los remos a fin de librarnos de aquel peligro. Encorváronse
todos y empezaron a remar. Mas, al hallarnos dentro del mar, a una
distancia doble de la de antes, hablé al Ciclope, a pesar
de que mis compañeros me rodeaban y pretendían disuadirme
con suaves palabras unos por un lado y otros por el opuesto:
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¡Desgraciado!
¿Por qué quieres irritar a ese hombre feroz que con
lo que tiró al ponto hizo volver la nave a tierra firme donde
creíamos encontrar la muerte? Si oyera que alguien da voces
o habla, nos aplastaría la cabeza y el maderamen del barco,
arrojándonos áspero peñón. ¡Tan
lejos llegan sus tiros!
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Así
se expresaban. Mas no lograron quebrantar la firmeza de mi corazón
magnánimo; y, con el corazón irritado, le hablé
otra vez con estas palabras:
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¡Ciclope!
Si alguno de los mortales hombres te pregunta la causa de tu vergonzosa
ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador
de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Itaca.
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Así
dije: y él, dando un suspiro, respondió:
¡Oh dioses! Cumpliéronse los antiguos pronósticos.
Hubo aquí un adivino excelente y grande, Telémaco
Aurímida, el cual descollaba en el arte adivinatoria y llegó
a la senectud profetizando entre los ciclopes; éste, pues,
me vaticinó lo que hoy sucede: que sería privado de
la vista por mano de Odiseo. Mas esperaba yo que llegase un varón
de gran estatura, gallardo, de mucha fuerza; y es un hombre pequeño,
despreciable y menguado quien me cegó el ojo, subyugándome
con el vino. Pero, ea, vuelve, Odiseo, para que te ofrezca los dones
de la hospitalidad y exhorte al ínclito dios que bate la
tierra, a que te conduzca a la patria; que soy su hijo y él
se gloria de ser mi padre. Y será él, si te place,
quien me curará y no otro alguno de los bienaventurados dioses
ni de los mortales hombres.
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Habló,
pues, de esta suerte; y le contesté diciendo:
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¡Así
pudiera quitarte el alma y la vida, y enviarte a la morada de Hades,
como ni el mismo dios que sacude la tierra te curará el ojo!
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Así
dije. Y el Ciclope oró en seguida al soberano Poseidón
alzando las manos al estrellado cielo:
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¡Oyeme,
Poseidón que ciñes la tierra, dios de cerúlea
cabellera! Si en verdad soy tuyo y tú te glorias de ser mi
padre, concédeme que Odiseo, asolador de ciudades, hijo de
Laertes, que tiene su casa en Itaca, no vuelva nunca a su palacio.
Mas si le está destinado que ha de ver a los suyos y volver
a su bien construida casa y a su patria, sea tarde y mal, en nave
ajena, después de perder todos los compañeros, y se
encuentre con nuevas cuitas en su morada!
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Así
dijo rogando, y le oyó el dios de cerúlea cabellera.
Acto seguido tomó el Ciclope un peñasco mucho mayor
que el de antes, lo despidió, haciendo voltear con fuerza
inmensa, arrojóse detrás de nuestro bajel de azulada
proa, y poco faltó para que no diese en la extremidad del
gobernalle. Agitóse el mar por la caída del peñasco,
y las olas, empujando la embarcación hacia adelante, hiciéronla
llegar a tierra firme.
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Así
que arribamos a la isla donde estaban juntos los restantes navíos,
de muchos bancos, y en su contorno los compañeros que nos
aguardaban llorando, saltamos a la orilla del mar y sacamos la nave
a la arena. Y, tomando de la cóncava embarcación las
reses del Ciclope, nos las repartimos de modo que ninguno se quedara
sin su parte. En esta partición que se hizo del ganado, mis
compañeros, de hermosas grebas, asignáronme el carnero,
además de lo que me correspondía; y yo lo sacrifiqué
en la playa a Zeus Cronida, que amontona las nubes y sobre todos
reina, quemando en su obsequio ambos muslos. Pero el dios, sin hacer
caso del sacrificio, meditaba como podrían llegar a perderse
todas mis naves de muchos bancos con los fieles compañeros.
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Y
ya todo el día, hasta la puesta del sol, estuvimos sentados,
comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Cuando el sol
se puso y sobrevino la obscuridad, nos acostamos en la orilla del
mar.
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Pero,
apenas se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos
dedos, ordené a mis compañeros que subieran a la nave
y desataran las amarras. Embarcáronse prestamente y, sentándose
por orden en los bancos, tornaron a batir con los remos el espumoso
mar.
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Desde
allí seguimos adelante, con el corazón triste, escapando
gustosos de la muerte, aunque perdimos algunos compañeros.
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